Javier Milei y Federico Sturzenegger invitaron a las empresas big tech a “liberarse a sí mismas” en Argentina bajo la promesa de eliminar todas las regulaciones para que se instalen en el país y replicar “el espíritu” del modelo que impulsó el colonialismo holandés.
El presidente Javier Milei y el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger firmaron una columna de opinión en el diario británico Financial Times en la que invitan a las empresas de inteligencia artificial a instalarse en Argentina bajo la promesa de un entorno completamente libre de regulación.
Para justificar ese enfoque, los funcionarios trazaron una analogía con la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, un instrumento central del colonialismo holandés en Asia durante los siglos XVII y XVIII.
Lo que dijeron en el Financial Times
El texto, publicado el jueves 5 de junio y titulado “Argentina invites AI to free itself” (“Argentina invita a la IA a liberarse”), arranca con una referencia histórica: la fundación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales en 1602, que inauguró la figura de la sociedad de responsabilidad limitada y “desató todo el potencial del capitalismo”.
La máquina y la figura jurídica, escriben Milei y Sturzenegger, funcionaron como “la doble hélice de la prosperidad moderna“. Desde entonces, sostienen, el PIB global se multiplicó más de 200 veces, el ingreso per cápita se multiplicó por 15 y la población mundial también lo hizo en la misma proporción.
“La sociedad de responsabilidad limitada ciertamente merece un lugar entre los 10 inventos más trascendentales de la historia“, señalan. El argumento central de la columna es que la inteligencia artificial necesita hoy el mismo tipo de habilitación legal que en su momento tuvo el capitalismo industrial.
“Así como la revolución industrial nos liberó de las limitaciones del músculo humano“, escriben los autores, “la IA nos liberará de las limitaciones del cerebro humano, llevando la productividad más allá de nuestros sueños más salvajes”.
A partir de esa premisa, Milei y Sturzenegger anuncian que el gobierno presentó al Congreso un proyecto de ley de IA articulado en tres ejes. El primero es un compromiso de mantener la inteligencia artificial sin regulación, “libre para desarrollarse sin la mano mortal de una regulación prematura y mal entendida”.
El texto no menciona organismos de supervisión, marcos éticos ni mecanismos de control ciudadano. La única restricción que aparece es la obligación de declarar beneficiarios finales para evitar el lavado de activos.
El segundo pilar es la creación de una nueva figura en el derecho argentino: la “corporación no humana”, definida como una entidad operada por agentes de inteligencia artificial o robots. “Cuando estos sistemas ejercen un juicio independiente en entornos impredecibles (como deben hacer si quieren ser verdaderamente útiles), sus acciones conllevan riesgos reales”, escriben.
Por eso, argumentan, la responsabilidad limitada no es un lujo para esas entidades sino “una condición previa para su existencia”. La columna aclara que los accionistas humanos pueden participar, pero no son obligatorios.
El tercer eje es fiscal: baja tasa impositiva corporativa y la posibilidad de que las empresas elijan la ley de gobernanza corporativa que prefieran. Los autores subrayan que Argentina no busca convertirse en un refugio para capitales ilícitos, pero prometen “términos incomparables” para toda actividad comercial legítima.
El cierre del artículo es explícitamente una apelación a las grandes empresas tecnológicas globales. “Que Buenos Aires se convierta para la IA en lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación, el lugar donde la imaginación legal se puso a la altura del momento tecnológico, y el mundo cambió”, concluyen los funcionarios.
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El contexto: reformas legales y la llegada de Palantir
La columna en el Financial Times no es un hecho aislado. Días antes de su publicación, Sturzenegger envió al Congreso una reforma al derecho societario argentino que los especialistas describen como la más profunda desde 1972.
Esa iniciativa habilita la existencia legal de empresas operadas exclusivamente por algoritmos, sin empleados ni directivos humanos, bajo la figura de “Sociedades Automatizadas”. La reforma societaria funciona como la arquitectura legal; la columna en el diario financiero más influyente del mundo, como el anuncio público dirigido a los inversores tecnológicos globales.
El contexto inmediato incluye también la presencia en Buenos Aires de Peter Thiel, cofundador de PayPal e ideólogo del movimiento tecnolibertario que promueve la reducción de marcos regulatorios estatales.
Desde el entorno del ministro Sturzenegger descartaron que la reforma societaria o el proyecto de ley de IA estén vinculados directamente a esa operación. “Lo haga luego Peter Thiel o cualquier otro. Ojalá muchos“, dijo un funcionario cercano al ministro.
Lo cierto es que Thiel lleva semanas en Argentina para concretar el desembarco de Palantir, su empresa especializada en gestión de datos personales e inteligencia artificial aplicada a seguridad y defensa.
La elección del Financial Times como plataforma para el anuncio tampoco es accidental: se trata del medio de referencia de los mercados financieros y los grandes fondos de inversión tecnológica a nivel mundial. Publicar allí una columna con firma presidencial implica dirigirse de manera directa a ese universo de actores.
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¿Qué fue la Compañía Holandesa de las Indias Orientales?
La analogía que utilizan Milei y Sturzenegger tiene un referente histórico concreto y polémico. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, conocida por sus siglas en neerlandés VOC (Vereenigde Oostindische Compagnie), fue fundada el 20 de marzo de 1602 cuando los Estados Generales de los Países Bajos fusionaron varias compañías preexistentes.
Se trató de la primera sociedad por acciones del mundo y recibió un monopolio de 21 años para el comercio en Asia. La VOC es considerada la primera corporación multinacional de la historia. El gobierno neerlandés le otorgó poderes que hoy corresponderían a un Estado: podía declarar guerras, negociar tratados, mantener ejércitos privados y fundar colonias.
La empresa operó casi 200 años, hasta su disolución en 1799, cuando el Estado holandés absorbió directamente sus territorios coloniales. Durante ese período acumuló un registro de violencia sistemática.
Entre las páginas más documentadas figura la conquista de las Islas Banda entre 1609 y 1621: tras la resistencia local al monopolio de la nuez moscada, las fuerzas de la VOC lanzaron expediciones punitivas que causaron la muerte, esclavización o fuga de aproximadamente 14.000 de los 15.000 habitantes del archipiélago.
Solo unos mil bandaneses sobrevivieron en las islas y fueron incorporados como trabajadores forzados en las plantaciones.
En 1623, funcionarios de la compañía arrestaron, torturaron y ejecutaron a diez empleados de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales en Ambon, en un episodio que pasó a la historia como la masacre de Amboyna.
En 1740, en Batavia (la actual Yakarta, sede administrativa de la VOC), tropas de la compañía y milicias aliadas mataron a miles de residentes de origen chino en medio de una crisis económica: las estimaciones académicas oscilan entre 5.000 y más de 10.000 víctimas.
El funcionamiento cotidiano de la empresa también cobró un costo humano altísimo entre sus propios trabajadores. Entre 1602 y 1795, aproximadamente un millón de marineros y artesanos partieron de Holanda rumbo a Asia en nombre de la VOC; solo regresaron 340.000.
Enfermedades como el escorbuto y la disentería, naufragios y enfrentamientos armados explican esa proporción. Según el historiador J.L. van Zanden, la empresa “consumía” alrededor de 4.000 personas por año.
La VOC ha sido objeto de críticas académicas por su monopolio comercial coercitivo, el uso sistemático de trabajo esclavo, el desplazamiento de poblaciones nativas, la destrucción ambiental y una estructura interna considerada excesivamente burocrática.
Es la empresa que Milei y Sturzenegger presentan como modelo inspirador de su propuesta para la inteligencia artificial en Argentina.
