Tras 25 años de negociaciones, la Unión Europea aprobó el acuerdo comercial con el Mercosur. El pacto crea la mayor zona de libre comercio del mundo, pero genera fuertes divisiones en Europa y plantea interrogantes sobre la subsistencia de la industria argentina.
La votación que dividió a Europa
La reunión de embajadores del viernes en Bruselas cerró un capítulo de más de 25 años de negociaciones. La Comisión Europea lleva trabajando en este acuerdo desde 1999, enfrentando múltiples bloqueos políticos y profundas resistencias internas. El resultado final muestra una Europa dividida: 21 países votaron a favor, mientras que cinco se opusieron y uno se abstuvo.
El voto de Italia resultó determinante. Durante diciembre de 2025, la primera ministra Giorgia Meloni se había alineado con Francia para bloquear el acuerdo, impidiendo alcanzar el consenso necesario en la cumbre europea de ese mes. Sin embargo, en las semanas siguientes, Roma negoció un paquete de concesiones que incluye el acceso anticipado a 45.000 millones de euros de la Política Agrícola Común (PAC) desde 2028, así como un mecanismo de salvaguardia reforzado que reduce del 8% al 5% el umbral para activar investigaciones ante distorsiones en el mercado agrícola.
Francia, liderada por el presidente Emmanuel Macron, mantuvo su oposición férrea hasta el final. París considera el acuerdo una amenaza existencial para su modelo agrícola y ya ha anunciado que continuará la batalla en el Parlamento Europeo. Algunos analistas políticos señalan que la postura francesa responde tanto a la defensa del campo como a problemas de política interna de Macron, quien enfrenta una profunda crisis política doméstica.
España y Alemania se posicionaron como los principales impulsores del acuerdo. Para Madrid, el tratado representa una oportunidad estratégica para reforzar su presencia en América Latina y diversificar mercados. Para Berlín, bajo el liderazgo del canciller Friedrich Merz, el pacto es vital para la industria alemana en un contexto de competencia china creciente y aranceles estadounidenses amenazantes.
La mayor zona de libre comercio del mundo
El acuerdo creará la mayor zona de libre comercio del planeta, uniendo a más de 700 millones de consumidores con un PBI combinado que supera los 21 billones de dólares. Los números son monumentales: la Unión Europea eliminará aranceles para el 92% de las exportaciones del Mercosur, mientras que el bloque sudamericano liberalizará el 91% de sus importaciones desde Europa.
Según estimaciones de la Comisión Europea, el acuerdo ahorrará a las empresas europeas más de 4.000 millones de euros anuales en aranceles, ocho veces más que lo que proporciona el acuerdo con Canadá. Los sectores más beneficiados en Europa serán la industria automotriz, la maquinaria industrial, los productos farmacéuticos y la industria química, que verán caer aranceles que actualmente llegan al 35% en algunos productos.
Para el Mercosur, las oportunidades se concentran en el sector agroindustrial. El acuerdo establece cuotas preferenciales para carne vacuna, aves, arroz, azúcar y etanol, aunque con límites diseñados para proteger a los productores europeos. Además, el tratado reconoce 357 indicaciones geográficas europeas, garantizando protección contra imitaciones.
El acuerdo también incluye acceso preferencial a materias primas críticas. Brasil posee alrededor del 20% de las reservas mundiales de grafito, níquel, manganeso y tierras raras, además del 94% de las reservas globales de niobio, un metal crucial para el sector aeroespacial. Este acceso resulta estratégico para Europa en su competencia con China por el control de minerales críticos necesarios para la transición energética.
Próximos pasos: firma y ratificación
Con la aprobación del viernes, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajará a Asunción, Paraguay, el 17 de enero para firmar formalmente el acuerdo junto a los presidentes del Mercosur. El acto contará con la presencia de Javier Milei por Argentina, Luiz Inácio Lula da Silva por Brasil, Santiago Peña por Paraguay y Yamandú Orsi por Uruguay.
Sin embargo, la firma no significa entrada en vigor inmediata. El acuerdo debe ser ratificado por el Parlamento Europeo, donde se espera una votación entre abril y mayo de 2026.
Allí, alrededor de 150 eurodiputados de cinco grupos políticos diferentes ya han amenazado con recurrir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea para impedir su aplicación, argumentando que la Comisión Europea excedió su mandato al dividir el acuerdo en partes comerciales y políticas para eludir la aprobación de los parlamentos nacionales.
El proceso de ratificación podría extenderse hasta finales de 2026 o incluso más. No obstante, la Unión Europea contempla la posibilidad de aplicar provisionalmente el pilar comercial del acuerdo sin esperar la ratificación completa, lo que permitiría que algunas reducciones arancelarias entren en vigor más rápidamente.
Del lado del Mercosur, cada país podrá aplicar el acuerdo de manera bilateral una vez que su congreso lo ratifique, sin necesidad de esperar a los demás socios. Esto significa que Argentina, Brasil, Paraguay o Uruguay podrían comenzar a beneficiarse del acuerdo en diferentes momentos, según sus procesos legislativos internos.
El contexto geopolítico que explica la urgencia
El impulso final para cerrar el acuerdo responde a un contexto geopolítico particular. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, con su agenda proteccionista e imposición de aranceles, ha reforzado los argumentos de quienes defienden que Europa debe diversificar sus socios comerciales.
La competencia con China por influencia en América Latina también pesa en la decisión europea. Según Agathe Demarais, investigadora del European Council of Foreign Relations, “no firmar el acuerdo de libre comercio entre la UE y Mercosur arriesgaba acercar las economías latinoamericanas a la órbita de Pekín”. El acuerdo se interpreta así como un movimiento estratégico en la pugna de grandes potencias por zonas de influencia.
Impacto en Argentina: la industria al banquillo
El acuerdo genera perspectivas radicalmente opuestas sobre su impacto en la economía argentina. El gobierno de Javier Milei celebró la aprobación europea. El ministro de Economía, Luis Caputo, y el canciller Pablo Quirno, pronosticaron crecimiento en exportaciones e inversiones. Quirno destacó que el esquema fija “reglas claras para el comercio, la inversión y el empleo entre ambas regiones”.
Las cámaras empresariales también expresaron su respaldo. El Grupo de los 6 (G6), que reúne a la UIA, SRA, CAC, Bolsa de Comercio, Adeba y Camarco, sostuvo que “el intercambio de bienes y servicios entre los países del Mercosur y de Europa, en un marco justo y competitivo, será beneficioso para el desarrollo de las naciones involucradas y sus habitantes”.
Sin embargo, sectores sindicales y académicos expresan preocupaciones profundas. En 2023, cuando el acuerdo estaba próximo a cerrarse bajo el gobierno de Alberto Fernández, la CGT rechazó públicamente el tratado y alertó sobre “las consecuencias que provocaría sobre los trabajadores argentinos”. La central obrera sostuvo que el acuerdo “atenta contra millones de puestos de trabajo en variadas actividades”.
La Confederación Sindical de Industrias Argentinas (CSIRA) también manifestó su oposición, señalando que “no está dispuesta a volver a perder calidad de mano de obra calificada y el desarrollo industrial del país”. Estudios académicos advierten sobre posibles contracciones en la actividad industrial y pérdida de empleos no calificados, particularmente en sectores como industria automotriz, textiles y electrónica.
Luciana Ghiotto, doctora en Ciencias Sociales especializada en comercio internacional, señaló en declaraciones a medios internacionales que el acuerdo “tendrá un impacto directo en el sector industrial, donde habrá una liberalización total, aunque por etapas”.
Ghiotto advirtió que esto implica dos efectos negativos: “el arancel externo común del Mercosur se desarma en un futuro cercano” y “el encadenamiento productivo regional se deteriorará, como es en el caso del sector automotriz”.
Sectores ganadores en Argentina
El complejo agroindustrial argentino emerge como el principal beneficiado. El sector sojero verá eliminados gradualmente los aranceles, con el arancel del poroto de soja llegando a cero de manera progresiva. La Unión Europea importó productos agroindustriales por unos 220.000 millones de dólares en 2024, y Argentina explicó alrededor del 3% de ese total, una participación que el acuerdo podría expandir significativamente.
La ganadería también encontrará oportunidades, particularmente para cortes bovinos congelados y carne deshuesada. Estudios proyectan una mejora de entre 6% y 7% en los precios percibidos por los productores. Las cuotas establecidas para carne vacuna, aunque limitadas para proteger a los productores europeos, representan un acceso preferencial significativo.
Otros sectores agroindustriales con potencial de crecimiento incluyen azúcar, etanol, arroz y miel. El acuerdo también beneficiará a productos con mayor valor agregado como aceites vegetales, harinas proteicas y preparaciones alimenticias. La eliminación de barreras no arancelarias y el establecimiento de marcos regulatorios claros facilitarán el acceso al exigente mercado europeo.
Las exportaciones argentinas de servicios profesionales podrían crecer hasta 3,3%, según análisis técnicos, aprovechando costos laborales más bajos que los europeos. El sector de servicios financieros también podría expandirse, aunque en menor medida.
Sectores bajo amenaza
La industria automotriz argentina enfrenta desafíos significativos. Estudios previos de la London School of Economics advertían que la producción de vehículos podría caer entre 2,8% y 3,2%, las exportaciones entre 1,5% y 1,6%, mientras las importaciones crecerían entre 2% y 2,2%. En el peor escenario proyectado, el empleo en el sector podría reducirse hasta un 4%.
Los países europeos tendrán acceso preferencial en la industria de piezas para automotores, donde Argentina enfrenta una diferencia tecnológica y de escala considerable. La caída de aranceles que actualmente llegan al 35% para componentes automotrices facilitará la entrada masiva de productos europeos.
La industria textil argentina, ya debilitada por décadas de importaciones asiáticas, enfrenta un nuevo desafío. Italia, con más de 200 años de experiencia en manufactura textil, máquinas ultra-modernas y dominios consolidados en diseño y confección, representa un competidor formidable. Aunque el acuerdo establece períodos de transición, la brecha tecnológica y de productividad plantea interrogantes sobre la viabilidad de largo plazo del sector.
Los sectores de electrónica, productos farmacéuticos y maquinaria industrial también enfrentarán mayor competencia. Europa posee ventajas significativas en tecnología, economías de escala, acceso a financiamiento y cadenas de valor integradas. La pregunta central es si las pequeñas y medianas empresas argentinas podrán adaptarse a este nuevo entorno competitivo durante los períodos de transición establecidos.
La asimetría estructural
Las diferencias estructurales entre las economías son enormes. La Unión Europea tiene un ingreso per cápita promedio cercano a los 43.000 dólares anuales y un producto bruto de 19,5 billones de dólares. Argentina, en contraste, tiene un ingreso per cápita que no supera los 13.000 dólares en años favorables y una economía que oscila entre ciclos de expansión y contracción.
La brecha de productividad es sustancial. Estudios académicos clasifican a Argentina y Brasil como “economías en desarrollo que recientemente se estaban desindustrializando”, mientras que Alemania, Francia e Italia son “economías avanzadas que recientemente se estaban desindustrializando”. Esta clasificación revela una tendencia preocupante: ambos bloques enfrentan procesos de desindustrialización, pero desde bases radicalmente diferentes.
El acceso a capital de inversión también muestra asimetrías profundas. Las empresas europeas cuentan con financiamiento abundante a tasas bajas, respaldadas por bancos de desarrollo y fondos de inversión consolidados. Las empresas argentinas enfrentan crédito escaso, tasas elevadas e incertidumbre macroeconómica crónica.
La investigación y desarrollo presenta quizás la brecha más significativa. Europa invierte masivamente en I+D, con subsidios estatales consolidados y ecosistemas de innovación maduros. Argentina tiene capacidad científica y tecnológica, evidenciada en sectores como biotecnología y software, pero carece de inversión sistemática y continuidad en políticas de largo plazo.
El debate sobre el modelo de desarrollo
El acuerdo Mercosur-UE reabre un debate histórico sobre el modelo de desarrollo argentino. Argentina lleva dos siglos oscilando entre períodos de apertura comercial y protección industrial, sin consolidar un proyecto de largo plazo. Entre 1860 y 1920, funcionó como “granero del mundo” bajo un modelo agroexportador que generó riqueza pero no industrialización.
Entre 1930 y 1970, la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) logró desarrollar capacidad industrial real. La dictadura militar de 1976 y la apertura comercial subsiguiente hicieron colapsar gran parte de esa industria. En los años noventa, la Convertibilidad de Carlos Menem completó la destrucción industrial, llevando directamente a la crisis de 2001.
Entre 2003 y 2015, los gobiernos kirchneristas implementaron políticas proteccionistas y la industria resurgió parcialmente. Los gobiernos de Mauricio Macri y Javier Milei volvieron a apostar por la apertura comercial. El acuerdo Mercosur-UE se inscribe en este último ciclo, consolidando un rol de proveedor de commodities agrícolas.
Los defensores del acuerdo argumentan que Argentina debe insertarse competitivamente en el mundo, mejorando productividad y aprovechando ventajas comparativas naturales en el agro. Los críticos sostienen que sin protección temporal, la industria manufacturera no podrá desarrollarse frente a competidores con siglos de ventaja y que el país quedará relegado eternamente a exportar materias primas e importar productos con valor agregado.


