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sábado, enero 28, 2023

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Rompiendo silencios más de cuatro décadas después

Este jueves 23 de junio en Bahía Blanca, prosiguieron las declaraciones en la Megacausa Zona 5 , en la que se juzga a 38 imputados por secuestros, torturas, homicidios, desapariciones y robo de bebes.

En la decimonovena audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad, que cuenta con 333 víctimas, se pudo escuchar el testimonio de cuatro víctimas-testigxs, así como también la reproducción de un video de una mujer que declaro en el año 2013.

Los testimonios de la jornada trataron diferentes casos pero coincidieron en la necesidad liberarse de silencios y estigmas que durante más de cuatro décadas torturaron sus vidas y su entorno familiar.

Familias enteras fueron devastadas por el Terror ocasionado por la dictadura genocida, no sólo donde hubo personas desaparecidas, sino donde las victimas pudieron regresar, y donde sus vidas y las de sus allegados fueron asoladas por el miedo y los silencios.

Hoy en los Juicios de Lesa Humanidad, el Estado Argentino, tiene en sus manos la histórica responsabilidad de la reparación a tanto Horror y tanta impunidad.

“Tenía placer por torturarme”

El primero en declarar fue Mario Sturmann, quien fue victima de secuestro en septiembre de 1976 en pleno centro de la ciudad de Bahía Blanca, en calle Yrigoyen y Dorrego. Una patota, de tres personas, lo atacan violentamente y es subido a un vehículo a golpes y patadas, donde proceden a esposarlo al piso del auto, mientras uno de los secuestradores le pisa la cabeza y el otro los pies. De ahí es llevado a un lugar donde lo percibe como “un galpón, con olor fuerte, a grasa, a deshechos humanos, en donde me tiran al suelo”.

Allí en los interrogatorios que sufría, le preguntaban sobre personas que fueron victimas del Terrorismo de Estado, como Jorge Del Rio, y Daniel Bombara, ambos desaparecidos y también por alguien llamado Sánchez.

“Sabemos que los conoces” le repetían y lo seguían golpeando salvajemente hasta desmayarlo. Luego de eso recuerda que había trabajado con Del Rio en Casa Muñoz, tienda bahiense, y que éste en una oportunidad lo invitó a una reunión. Los secuestradores sabían esto y por eso era torturado.

En otro pasaje de su declaración, resalta la figura de un torturador, que lo define como “el sádico” que se acercaba a los secuestrados haciendo sonar una matraca de madera que simulaba una ametralladora y con ese ruido les decía “¿a ver a quien le toca la maquinita hoy? ¡¡Vamos a llevarlo a Marito!!” haciendo referencia a la picana eléctrica: “Tenia placer por torturarme, había quedado destruido, me molieron a golpes, quedé muy maltrecho”.

Sturmann además de ser víctima, fue testigo de la brutal tortura hacia una persona de apellido Cabrera, también victima de este juicio. Posteriormente cuenta que lo sacan de ese galpón donde estaban, y en la salida logra ver cercano al lugar un letrero con la inscripción “Arizu”. Muchos años después, corroboró que ese cartel lo vio desde Avenida Parchappe, y que el lugar donde estuvo serían unos galpones de ferrocarril, cercanos a la Estación de trenes, ya señalados por otros sobrevivientes

De allí deduce que lo llevan a Puerto Belgrano, donde una persona le comunica: “Mira Marito, de esta te salvás porque tu papá es una persona de bien. Te recomiendo que ahora vayas del trabajo a tu casa y de tu casa al trabajo”.

Luego de eso es liberado vendado en un descampado, donde lo esperaba su padre que le dijo que estaban cerca de la localidad de Calderón:

“Lloramos los dos con mi papa. Cuando llegamos me saco la ropa y me ayudo a bañar y llamo al médico. A mi mamá le dije que había tenido una pelea en el boliche. Mi padre me dijo ‘No digas nada, esto queda entre vos y yo…’”.

La promesa de silencio a su padre, mas las consecuencias de las torturas físicas y psicológicas, repercutieron gravemente en su salud hasta el día de hoy.

El silencio como síntoma de pánico y terror

El segundo caso tratado en la audiencia de este jueves, fue el del matrimonio de Eduardo Gaztañaga e Isabel Forteza, ambos victimas del Terrorismo de Estado, secuestrados durante Semana Santa de 1977 en Bahía Blanca. 

Ante el fallecimiento de ambas víctimas, el testimonio de lo ocurrido a la pareja, y por ende a toda la familia, fue relatado por dos de sus hijas, Julieta y María.

Las dos hijas pudieron expresar ante un tribunal de la justicia argentina, más de cuatro décadas después, cómo el Terrorismo de Estado, atravesó a toda su familia desde esos días, hasta la actualidad, reparando en parte tanto dolor y rompiendo con los silencios que el terror provocó en su familia.

Julieta relato en el inicio que “en mi familia el hecho del secuestro fue un secreto, un estigma profundo y espantoso donde estaba prohibido hablar de política y el cotidiano era muy difícil”.

La hija del matrimonio rememoró que, a sus 17 años una tía le refierió accidentalmente que sus padres estuvieron secuestrados, y a partir de ello, comenzó a averiguar y le preguntó a sus propios padres que era lo que había ocurrido:

“Ahí me contaron y yo después les conté a mis hermanos. Era tanto el terror, el pánico de que se supiera, que tenían miedo que les ocurriese algo, o que nos ocurriese algo a nosotros”.

“…El miedo nunca se les fue. Mi madre tenia pesadillas, mi padre tuvo cuatro veces cáncer. Mi madre murió de cáncer. Luego de mucho tiempo comenzaron a declarar, pero les costó muchísimo”.

Consultada por la fiscalía sobre los tratos recibidos durante su secuestro, contó:

“Sé que sufrieron torturas. El que más expresó todo esto fue mi padre sobre que lo picanearon muchísimo, le pegaron, hambre, sed, hacerse pis y caca encima, frio.”

“Mi madre mencionaba situaciones de indignidad, estar escuchando a mi padre en las sesiones de tortura, reconocer sus gritos, reconocer lamentos de compañeras de secuestro embarazadas, mas que nada ella describía el entorno, no hablaba casi nada de ella. No podía.”

El lugar de secuestro fue el Centro Clandestino La Escuelita, aseguró Julieta. También la tortura se extendió a su familia. “Se aparecieron unas personas en el domicilio de mis abuelos a decir que a mis padres un grupo subversivo los había hecho desaparecer” contó.

Construyendo Identidad

Al momento de responder sobre los abusos sexuales sufridos por su madre, Julieta detalla que

“Apenas me enteré del secuestro, lo primero que le pregunté a mi madre fue si mi padre, era mi padre… porque yo sabia que a las mujeres las violaban. Mi nacimiento coincidió con los 9 meses de que hayan sido secuestrados. Entonces fue algo intuitivo. Mi madre me dijo que no y mi padre no dijo nada.

Después de que falleciera mi madre, mis hermanas se aparecieron en Buenos Aires y me dijeron tenemos que hablar con vos. Yo me la vi venir y les dije, me vienen a hablar de que papa no es papá. Fue una situación que me heló la sangre.

Y digo todo esto porque mi madre toda su vida me rechazó profundamente, tuve una infancia muy difícil, muy horrible que no le deseo a nadie. Mi madre me miraba y me aborrecía, toda mi vida fue así lamentablemente. Yo ya lo superé con terapia. Pero lo que vinieron a decirme mis hermanas es que mamá en su lecho de muerte le había confesado a una amiga, Marcela Borettini que nunca supo si yo era hija de Eduardo, de su compañero o de alguno de los hombres que sucesivamente la habían violado durante el secuestro.”

Julieta siguió relatando que

“Esto para mí fue un alivio porque explicó el rechazo que padecí toda mi vida… el maltrato de mi madre de no querer ni verme… y por otro lado fue una redención.

Le agradezco a mi madre que lo haya podido decir, porque estos casos, son los casos no heroicos de identidad. No se habla, no se dice nada … y toda mi vida padecí una sospecha espantosa, que luego de eso decidí ponerle fin a la sospecha”.

Narró que debido a su profesión de antropóloga,

“Creo que la identidad es algo construido y no está en la sangre, pero la verdad es que no lo pude tolerar. Daba clases sin saber lo que decía, tuve que tapar los espejos de mi casa, me la pase obsesivamente viendo fotos de mi familia paterna a ver si me parecía, o no, teniendo pesadillas a ver si yo era hija de alguno de los hombres que había violado y torturado a mis padres y a tantas otras personas, y decidí hacerme el análisis de ADN que afortunadamente dio positivo, soy hija de Eduardo Gaztañaga en un 99,98% y agradezco al cielo que no haya dado otra cosa…”.

Visibilizar para reparar

“Mi padre accedió a hacerse el ADN pero no hablo del tema. Dijo que no sabía nada” y remarcó que considera sumamente importante dar testimonio porque estos casos son desconocidos institucionalmente y a nivel de políticas publicas.

“Es importante visibilizar una parte de nuestra trágica historia que no ha finalizado y que no se resuelve con hablar meramente de la privación ilegitima de la libertad y no se resuelve con hablar de torturas.

Se puede pensar que un abuso sexual es parte de una tortura, pero también se lo puede distinguir. Hombres y mujeres fueron victimas de vejaciones sexuales y sigue existiendo en nuestra sociedad una desigualdad a la hora de hablar de ciertos temas.

Los abusos sexuales no son considerados como parte del derecho público, están pensados pertenecientes al ámbito privado, cuando en realidad en un contexto dictatorial considero que pertenecen a otro ámbito.

¿Qué pasa con este desconocimiento para quienes somos hijos o victimas directas de estas situaciones?: Que no hay ningún tipo de sostén.

En mi caso… yo debí continuar con mi trabajo, debí continuar con mis días, con todo absolutamente sola, pagarme una terapia privada, hacerme análisis de ADN por mi lado, sin ningún tipo de soporte ni de reconocimiento simbólico a la tragedia que fue para mi psiquis y mi armadura emocional haber vivido eso.

Lo sigo padeciendo y lo llevo como puedo. Creo que hay mucho camino por delante. Hay un trabajo de genero que es necesario realizar y que el genero incluye hombres y mujeres, no es un problema de las mujeres el genero y creo que ciertos delitos sexuales no pueden pensarse como al ámbito privado, especialmente cuando sus consecuencias atraviesan generaciones y rompen familias, destrozan vidas y tienen consecuencias a tan largo plazo.”

Ante la presencia de esos silencios familiares retratados y sus consecuencias, refiere que “el silencio en mi casa era el síntoma del pánico, del terror absoluto. Pero era la forma que tenían de protegerse y a su vez de subsistir, además viviendo en la misma ciudad».

«Mi padre decía que cuando nos llevaba a la escuela primaria, veía a uno de sus torturadores en la esquina, por calle Alem. El silencio era una forma de habitar lo que quedaba de vida y de seguir apostando a la vida.

Lamentablemente el silencio tiene estas consecuencias: que carcome a la gente por dentro. Mi padre, estando internado antes de fallecer en 2020, habló un poquito de esto y me dijo, ‘Juli lo que pasa que yo soy muy cagón, yo tuve siempre mucho miedo y no podía ver las cosas… mi padre a sus 75 años, muriendo diciendo eso’.”

Empollar espinas, sin metáfora

Para finalizar, Julieta pidió permiso para leer un breve escrito que realizó durante la espera a su declaración que entre otras cosas recordaba un poema hecho por ella que se llamaba “Empollando espinas”, y que

“27 años mas tarde puedo comprender ese hecho y apreciar la extraña simetría que hay con el día de hoy con este juicio (y con su poema).

Dar testimonio aquí es una forma de reclamar justicia, aún cuando los hechos a los que me refiero no sean considerados con la misma gravedad que lo fueron y lo son para las víctimas.

Aún cuando el abuso sea arrinconado al mundo de lo privado, al mundo de lo femenino, como si los horrores de la última dictadura cívico-jurídico-militar, tuvieran alguna línea clara de lo publico o lo privado.

Un juicio es también un exorcismo simbólico es una catarsis en un rito de paso, igual que escribir una poesía con el alma en carne viva. Ese gesto primario de empollando espinas salido de las entrañas, es hoy un poco menos doloroso y mas compasivo.

Empollar espinas fue la metáfora de la maternidad, de la familia. La metáfora religiosa, el símbolo de la carne descarnada y vuelta a encarnar, el futuro como promesa, es la justicia para mi y para tantas compañeras compañeros.

Pero es también una promesa que es profundamente humana porque la justicia son los arreglos que nos damos a nosotros mismos. A la justicia la creamos nosotros. Todas las personas. Empollar espinas fue la justicia de mis padres y la promesa de que la alegría es mas fuerte que el horror. Una promesa y una enseñanza. Porque las espinas al fin de cuentas también protegen a las flores que nacen del mismo tallo. Como mi madre soy una insolente optimista y confío que en algún momento este tipo de delitos tendrán justicia.”

Un tema Tabú

Julieta y Maria Gaztañaga

Luego de la declaración de Julieta Gaztañaga, declaró otra de las hijas del matrimonio víctima, María Gaztañaga quien pudo relatar, con mucha emoción, cómo el tema del secuestro de sus padres “…se empezó a hablar tardíamente, siempre ha sido un tema tabú y la información que recibimos como hijos, fue a cuentagotas”.

Recién luego del fallecimiento de su madre “…surgió nueva información y eso nos constituyó todos estos silencios y miedos como familia. El miedo y el terror estuvieron siempre presentes en la crianza y en la imposibilidad de poder hablar, poder decir”.

Ante la escasa información que obtenían de sus padres, María cuenta que

“Hubo que indagar por otros lados, Tuvimos que empezar a reconstruir a partir de lecturas y de otras situaciones donde uno iba tomando conocimiento.”

“Siempre el relato provenía de mi mamá, mi papá poco podía hablar y ella se ponía en un plano donde estaba bien, ‘tu papa sufrió lo peor’… mi mamá relatando eso, se apartó de su situación. Minimizando su dolor, lo que sufrió y sin poder decir que también sufrió las mismas torturas, violaciones.”

Marcela Borettini, iba a ser la amiga a quien Isabel le cuente antes de morir que “había sufrido muchas violaciones y su temor siempre había sido que Julieta sea… producto de algunas de estas violaciones”. María sostiene que eso las movilizo muchísimo, y que, al releer la declaración de su madre ya fallecida, la pudieron ver de otra manera “de que forma ella lo dijo, está en la declaración, esas violaciones están. Como pudo… pero de alguna manera lo dijo.”

María remarca, al igual su hermana, que es necesario poner en evidencia el tema de los abusos sexuales y violaciones a las mujeres y a los hombres también, en los centros clandestinos y que “merece ser juzgado como tal delito y no solamente como un hecho de tortura”

María finalizó su testimonio con el pedido de justicia, “Por Isi, por Edu y por todos los desaparecidos y aquellos que quedaron y están hoy, Justicia, Justicia.”

El testimonio de Marta Bravo

Para finalizar, y a pedido de la fiscalía, el Tribunal autorizo la proyección de un testimonio cuya víctima, Marta Bravo, había declarado en el segundo juicio realizado en Bahía Blanca, Causa Stricker en el año 2013.

La importancia proyección del video de un testimonio de una causa anterior radica en que la actual conformación del Tribunal es otra, y de este modo se puede evitar revictimizar a las personas, contando nuevamente sus vejámenes y torturas, al tiempo que los magistrados pueden informarse de manera completa sobre los fundamentos de causas anteriores pero conexas a la actual.

Decimonovena audiencia de la Megacausa Zona 5 (23 de junio de 2022)

¿Cuándo siguen las audiencias?

Las audiencias continuarán el día jueves 30 de junio desde las 9 horas, en la sede del Tribunal Oral de Chiclana y Lavalle. Los juicios son Orales y Públicos, y puede concurrir cualquier persona que así lo desee, con su DNI.

Además, las audiencias también se emiten de manera virtual por el canal de YouTube de la subsecretaria de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires.

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