El gobierno de Javier Milei festejó el índice de inflación de diciembre como si se tratara de una victoria histórica. Con un 2,8% mensual y 31,5% anual, el ministro Luis “Toto” Caputo proclamó en redes sociales que se trata de la inflación más baja en ocho años. Lo que convenientemente omitió mencionar es que en 2018, él mismo ocupaba la cartera de Finanzas del gobierno de Mauricio Macri, cuando la inflación cerró en 24,8% anual.
La paradoja es brutal: Caputo compite contra Caputo. El ministro celebra haber superado su propio fracaso de gestión, mientras la realidad de los números desmiente el relato triunfalista que intenta instalar el oficialismo.
El repunte que no se puede ocultar
Más allá de la pirotecnia discursiva, los datos del INDEC son contundentes y preocupantes. La inflación lleva siete meses consecutivos sin bajar, acumulando una tendencia alcista que se inició en mayo cuando marcó 1,5% mensual. El sendero del “1% mensual” que prometía el gobierno quedó definitivamente sepultado bajo el peso de una realidad inflacionaria que no cede.
El dato de diciembre (2,8%) no solo superó ampliamente las expectativas del mercado que anticipaban un 2,3%, sino que quedó por encima del cierre de 2024 cuando había sido 2,7%. Es decir, el año terminó con más inflación mensual que el anterior, confirmando que el proceso desinflacionario que pregona el gobierno es, en el mejor de los casos, una ilusión estadística.
Los rubros que lideraron el incremento fueron Transporte (4%), Vivienda y servicios (3,4%), y Alimentos y bebidas no alcohólicas, este último con mayor incidencia en el índice general a pesar de no encabezar el ranking porcentual. La carne vacuna y las frutas protagonizaron nuevamente la suba, mientras las verduras ofrecieron un respiro marginal que no alcanzó para equilibrar el deterioro del poder adquisitivo.
El ancla fiscal que hunde a los trabajadores
El abandono del tipo de cambio como ancla inflacionaria —forzado por las exigencias del FMI que condicionó el desembolso de fondos a la modificación del esquema cambiario— dejó al descubierto la verdadera naturaleza del programa económico de Caputo: el ajuste brutal sobre los salarios como único mecanismo de contención de precios.
Como señaló el economista Haroldo Montagu de la consultora Vectorial, al indexar las bandas cambiarias a la inflación, el gobierno institucionalizó la inercia inflacionaria. Se genera un círculo vicioso donde la suba de precios retroalimenta al tipo de cambio y este, a su vez, vuelve a impulsar los precios. El dato de diciembre es una muestra palmaria de este fenómeno.
La evolución del salario de la administración pública durante 2025 fue de apenas 17,1%, mientras la inflación en el mismo periodo alcanzó el 31,5%. Una brecha de 14,4 puntos porcentuales que representa una destrucción sistemática del poder adquisitivo de los trabajadores estatales.
El sector privado no corrió mejor suerte, con paritarias que en promedio quedaron muy por debajo de la inflación real.
“La destrucción de los salarios y las jubilaciones ha sido una política pública. El empobrecimiento es generalizado”, denunció Rodolfo Aguiar, secretario general de ATE, tras conocerse los datos del INDEC.
La inercia inflacionaria institucionalizada
El cambio de esquema cambiario impuesto por el FMI —indexar las bandas a la inflación pasada— no solo abandonó el ancla cambiaria sino que institucionalizó la inercia inflacionaria. Cada punto de inflación hoy se traduce en un dólar más caro mañana, que a su vez presiona sobre los precios pasado mañana. Un loop del que será cada vez más difícil salir sin un cambio radical de política económica.
Mientras tanto, el gobierno insiste en su relato de “camino correcto” y “programa exitoso”. Pero los números son tozudos: siete meses consecutivos de aceleración inflacionaria, salarios pulverizados, canastas básicas que suben por encima de la inflación general.
La pregunta que deberían hacerse Milei y Caputo no es cuánto bajó la inflación respecto a la crisis hiperinflacionaria heredada —eso es simplemente el efecto estadístico de una base de comparación altísima—, sino por qué después de siete meses de ajuste brutal sobre trabajadores, jubilados y sectores populares, la inflación sigue acelerándose en lugar de desacelerarse.
La respuesta es incómoda para el oficialismo: porque el modelo económico está fundado sobre un ajuste que recae exclusivamente sobre los ingresos populares mientras protege la rentabilidad empresaria y el sector financiero. Porque la política de apreciación cambiaria artificial no es sostenible sin reservas. Porque el pass-through existe, por más que lo nieguen. Y porque Caputo ya demostró en 2016-2018 que su expertise en finanzas no alcanza para conducir una economía real.
Que hoy celebre haber logrado una inflación apenas superior a la de su propia gestión fracasada es la metáfora perfecta de un gobierno que confunde propaganda con política económica, relato con realidad, y ajuste con desarrollo.
La canasta básica: el termómetro del ajuste
Si hay un indicador que desnuda la brutalidad del modelo económico es la evolución de las canastas básicas. En diciembre, ambas subieron 4,1%, muy por encima de la inflación general de 2,8%. En el año, la Canasta Básica Alimentaria (CBA) acumuló un incremento de 31,2% y la Canasta Básica Total (CBT) de 27,7%.
Una familia tipo de cuatro integrantes necesitó en diciembre $1.308.713 para no caer en la pobreza y $589.510 solo para alimentarse. Estos números no son abstracciones estadísticas: representan hogares reales donde las decisiones de consumo se vuelven cada vez más restrictivas, donde comer se convierte en un ejercicio de equilibrismo financiero cotidiano.
La aceleración de las canastas desde noviembre —cuando ya superaron el ritmo de la inflación general— anticipa un deterioro aún mayor de los indicadores de pobreza e indigencia cuando se publiquen las mediciones del segundo semestre de 2025.
El pass-through que “no existe”
Durante meses, Caputo y su equipo negaron la existencia del efecto pass-through, ese mecanismo por el cual las devaluaciones se trasladan a precios. Los números desmienten categóricamente este relato. La inflación acumulada en 2025 fue del 31%, mientras la devaluación del peso alcanzó el 28,5%. Una correlación casi perfecta que demuestra lo que cualquier economista serio sabe: en una economía abierta y dolarizada como la argentina, el tipo de cambio impacta directamente sobre los costos de insumos y bienes, tanto importados como exportables.
Como señaló el economista Hernán Letcher del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), con el nuevo esquema cambiario acordado con el FMI, la economía se moverá con un tipo de cambio más alto, lo que inevitablemente significa una inflación más alta en los próximos meses.
El absurdo del festejo oficial
La celebración oficialista del dato de diciembre revela el nivel de deterioro al que se ha llegado. Festejar una inflación del 31,5% anual como si fuera un logro extraordinario habla de un gobierno que perdió completamente el rumbo.
Luis Caputo fue secretario de Finanzas entre 2015 y 2017, ministro de Finanzas en 2017-2018, y presidente del Banco Central entre junio y septiembre de 2018 durante el gobierno de Macri. Su gestión estuvo marcada por el endeudamiento masivo, la emisión del tristemente célebre bono a 100 años, y el mayor préstamo de la historia del FMI por 57.000 millones de dólares. El resultado fue un fracaso rotundo: inflación en ascenso, fuga de capitales, destrucción de reservas y una recesión que hundió a millones de argentinos en la pobreza.
Que el mismo ministro que condujo esa debacle económica vuelva a estar al frente del área y celebre “haber superado” los resultados de su propia gestión desastrosa es, cuando menos, obsceno. Como si un bombero pirómano festejara haber apagado un incendio que él mismo provocó.