En la matriz moral que modela a los más jóvenes, el criterio para validar las conductas ha desplazado nociones tradicionales, para dar lugar a una axiología regida exclusivamente por el resultado: el impacto en términos de viralidad y el éxito hablando estrictamente de lo económico.
Algo profundo se mueve en las bases de la cultura contemporánea, se trata de una mutación en el plano de la ética individual: un estadio donde el único juez válido es el éxito, solo circunscripto a la finitud de la existencia individual. En esta configuración, la trascendencia ocupa un rol menor.
Este esquema es simple y, por eso, más poderoso. La división de lo deseable ya no se organiza entre lo correcto o lo incorrecto. La pregunta que define el horizonte de muchos jóvenes hoy es otra: ¿la pegó o no la pegó? Si funciona, es bueno; si fracasa, es malo. El fenómeno se presenta desprovisto de atenuantes morales significativos o de un análisis relacionado al valor intrínseco del procedimiento por fuera del medio-fin.
La economía de la atención: la viralidad como activo intangible
La novedad que reviste este escenario respecto de diagnósticos sociológicos previos (como las tesis de Erich Fromm sobre la transición entre la sociedad del ser y la del tener) está en que la acumulación ya no se restringe solo a los bienes tangibles. En la actualidad, el predominio corresponde a los activos intangibles: la viralidad, el volumen de audiencias digitales (por lo tanto, de relevancia) y la capacidad de acertar con un nicho (de mercado, por ejemplo). La plataformización del entretenimiento a través de las redes sociales abrió la aspiración a la notoriedad a cualquier aspirante, generando a la par una promesa desestabilizadora para la subjetividad.
En este esquema, descifrar el algoritmo rankea muy por encima de cualquier trayectoria a largo plazo. La construcción paso a paso es menospreciada frente a la fetichización del resultado. Esta dinámica se emparenta sorpresivamente con el auge de los casinos online: la expectativa de enriquecimiento exponencial en pocas horas mediante una jugada correcta. Aunque las probabilidades estadísticas son minúsculas, hay una fe ciega en ser la excepción que obtiene el éxito, sustentada en una fuerte reivindicación del “yo”.
El resultado como árbitro epistémico y moral
El presidente de la Nación, Javier Milei sintetizó este axioma con una precisión que merece ser analizada: “La diferencia entre un loco y un genio es el éxito”. Esta visión pone el parámetro de legitimación en los otros (ya que el éxito demanda un reconocimiento externo), aunque lo hace bajo una estricta lógica de mercado. Dentro del pensamiento liberal, el mercado se constituye como el árbitro definitivo, siendo el ámbito que valida (o no) gran parte de los actos que componen la conducta humana.
Esta inversión de los valores produce un escenario donde el vendedor compulsivo de cursos es celebrado como un sujeto astuto que “la hizo bien”, mientras que el trabajador con título universitario con bajo salario es señalado como un fracasado. El proceso (el esfuerzo sostenido y la trayectoria) deja de tener un valor intrínseco para convertirse en un peaje, un medio para un fin que la ansiedad de la época exige transitar lo más rápido posible.
Autoexplotación y la individualización del fracaso
La implicancia más severa de esta ética es su capacidad para producir padecimiento. La premisa voluntarista del “si querés, podés” transforma al individuo en el único responsable de su fracaso. Al internalizar que el estatus económico y la notoriedad dependen exclusivamente de la agencia individual, la ausencia de resultados es entendida como un fracaso personal intransferible.
Esta presión estructural fabrica una sociedad de individuos ansiosos, deprimidos y crónicamente fatigados, obligados a competir en una carrera de obstáculos que no tiene línea de llegada. Bajo esta idea, el ocio se vuelve un sinsentido y cualquier institución que no esté construida para generar dinero queda bajo un manto de duda. La universidad, la investigación científica y la gestión pública (vías tradicionales de construcción de valor colectivo a largo plazo) se ven desacreditadas frente al concepto del éxito individualizado.
Narrativas en disputa y el desgaste del tejido social
Someter la moral a la métrica del éxito genera consecuencias críticas en la dimensión comunitaria. Esta ética legitima un orden social donde la empatía es algo indeseable en la mayoría de los casos, el fracaso es imperdonable y la crueldad termina tomando un rol mucho más preponderante en desmedro de la solidaridad, fragmentando las redes de contención social.
Como afirmara Margaret Thatcher: “la economía es el método; el objetivo es cambiar el corazón y el alma”. Esta nueva ética del éxito opera exactamente en ese territorio y lo hace con la ventaja de ofrecer una gratificación inmediata, premiando la capacidad de estos individuos hipertrofiados de capitalizar una supuesta epifanía de éxito excepcional, en un contexto donde el proceso es visto apenas como algo a lo que se le puede apretar el botón de “Saltar”.


