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lunes, marzo 4, 2024

Los Mundiales del terrorismo de Estado

Si cada Mundial ayuda a recuperar la época en que se concretó, los disputados bajo la última dictadura ofrecen la oportunidad de revisitar qué ocurría en Bahía Blanca y la región mientras el fervor albiceleste tapaba la oscura realidad cotidiana.

por Diego Kenis (*)

Es curioso. Cuando el seleccionado albiceleste obtuvo la Copa América de fútbol masculino de 2021, algunos sectores advirtieron de inmediato que el gobierno de Alberto Fernández intentaría utilizar la conquista con fines políticos. No ocurrió, y los ejemplos más nítidos de manipulación de logros futbolísticos remiten en cambio a épocas en que las identidades que conforman hoy el Frente de Todos no sólo no eran gobierno, sino que sufrían una atroz persecución. Esa utilización no era electoralista, porque no había elecciones.

Durante el lapso que duró la última dictadura se disputaron dos Mundiales de mayores y el primero de juveniles. Uno fue en una Argentina previamente arrasada por el peor bienio del terrorismo de Estado, el año en que el generalato fantaseó un conflicto con Chile. El sub-20 de 1979 fue la primera gesta capitaneada por Diego Maradona, en Japón, mientras aquí se procuraba ocultar los rastros del plan criminal frente a las inspecciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). España ’82 coincidió con la guerra de Malvinas y presentó el hecho novedoso de que el evento deportivo quedó opacado en la agenda.

Todo esto es bastante conocido. Menos se ha recorrido lo que ocurría en esas semanas mundialistas en Bahía Blanca y el sudoeste bonaerense, uno de los sitios del país de mayor intensidad represiva. Repasarlo a través de las páginas de La Nueva Provincia acerca elementos interesantes, porque el diario circulaba la letra oficial –aunque no se privaba de jugar la interna castrense- y tanto en gráfica como en radio el grupo empresario que lo dirigía era monopólico. Su rol ha sido estudiado por el equipo fiscal que reclama la revisión de la falta de mérito dictada para Vicente Massot, único superviviente del cuerpo directivo de la época, en relación a las acusaciones de haber concretado aportes esenciales para encubrir y consolidar el plan criminal. Leer hoy las páginas de La Nueva Provincia de los inviernos de 1978, 1979 y 1982 abre la oportunidad de escribir otro diario. Aquel que faltaba entonces.

El diario no hablaba de ti

Pasadas las 17 del domingo 25 de junio de 1978, el bahiense Daniel Bertoni consiguió lo que 36 años después no podría igualar su coterráneo Rodrigo Palacio: convirtió el gol que aseguraba a la selección argentina un Mundial. El primero de su historia, y de local.

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Argentina venía pugnando por albergar un campeonato desde antes del de 1938 y las sucesivas negativas fueron una de las razones de la inasistencia a algunos torneos y el desinterés con que se concurrió a otros. En 1966, la FIFA adjudicó al país la organización del previsto para 1978. Juan Carlos Onganía acababa de derrocar a Arturo Illia, electo tres años antes con proscripción del peronismo. Onganía planificaba gobernar por un cuarto de siglo, pero entre su llegada al poder y el Mundial argentino se sucederían varios derrocamientos (algunos, entre la propia cúpula militar), la primavera democrática de Héctor Cámpora, el retorno de Juan Domingo Perón y su fallecimiento, el surgimiento de la Triple A y los veinticuatro meses más intensos de terrorismo de Estado.

Así llegó el país a 1978, año del sesquicentenario de Bahía Blanca. Unos días antes del 11 de abril había visitado la ciudad el ministro de Educación, Juan Catalán, cuyo gabinete integraban dos personajes conocidos a nivel local: Gustavo Perramon Pearson y Manuel Gómez Vara, intendente municipal y rector, respectivamente, durante la dictadura anterior. En ocasión de su visita, Catalán participó de un acto de colación de grados de la Universidad Nacional del Sur (UNS). En su discurso, reivindicó el accionar represivo y destacó especialmente que el nuevo escenario de disputa eran los claustros académicos, que ya sufrían las ausencias de las víctimas de desapariciones, homicidios y cesantías, pero también habían sido afectados por los cierres de carreras y recibirían el impacto de la implementación de cupos de ingreso y aranceles para nuevas y nuevos estudiantes. La persecución al interior de las casas de estudio venía siendo eje de las reuniones reservadas del Consejo Nacional de Rectores de Universidades Nacionales, que también planteaba al deporte como un modo de distraer a la juventud de causas colectivas.

El primer día de junio de 1978, cuando comenzó el Mundial, La Nueva Provincia publicó en tapa un editorial que celebraba su organización pero se anticipaba al momento en que la fiebre mundialista pasara: “nuestra imagen continuará siendo blanco de la subversión ideológica internacional”, decía, para catalogar a las denuncias en el exterior por violaciones a los derechos humanos. El mismo ejemplar reseñaba un agasajo de Emilio Massera a la prensa local, que lo retrató como un común y corriente apasionado del fútbol. El convite fue en la Base Naval de Puerto Belgrano, en donde funcionaron dos centros clandestinos de detención.

A la mañana siguiente, la nueva portada incluía una gran foto del logo del Mundial sobre el campo de juego del estadio de River Plate y, junto a ella, un editorial titulado “Una respuesta a la infamia”. El texto negaba que en el país existieran desapariciones y homicidios y repartía acusaciones contra “los negros personeros de la infamia” a los que situaba en Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.

El lunes posterior a la consagración mundialista, la tapa fue íntegramente deportiva. Ningún tema se coló entre los festejos. Pero, a vuelta de página, esperaba un editorial que conjeturaba una confabulación universal contra la dictadura que defendía: la integraban “los gobiernos, los medios de comunicación, los círculos intelectuales y las organizaciones de carácter internacional (que) están infiltradas o influenciadas por el marxismo”. “Nuestros enemigos aparecen como amigos de muchos a quienes creemos nuestros aliados”, advertía, en un mensaje a la interna del régimen. Marxismo, y no de Groucho, en el gobierno yanqui.

Tanto el aporte de los medios de comunicación como la importancia táctica de despertar sentimientos de unión nacional y orgullo deportivo estaban tipificados en normativas de operaciones psicológicas castrenses desde por lo menos un lustro antes, cuando se preparaba la represión a gran escala.

El grupo de la familia Massot-Julio tenía una influencia prácticamente monopólica en todo el sudoeste bonaerense. Al diario, que marcaba agenda llegando a cada barrio y localidad de la región, se sumaba el peso creciente de la radio LU2. Precisamente en 1978 se dio el sospechoso cierre de una de sus hasta entonces competidoras, LU7. La frecuencia que ocupaba, en el 1240 de AM, recién fue recuperada cuando en 2012 se puso al aire la Radio de la UNS.

El año mundialista finalizó con la entrega a la Universidad local de una nueva bandera de ceremonias, que presidiría sus actos más importantes. Fue donada por la Armada y bendecida por el obispo auxiliar Emilio Ogñenovich, uno de los prelados más cercanos al aparato represivo, al que para ese momento había defendido públicamente en numerosas oportunidades. Al entregarla, el representante de la fuerza que se había subido a la melena de Mario Kempes para buscar apoyo popular y enfrentar las denuncias del exterior remarcó que la enseña patria era el “único emblema de nuestra soberanía”.

Como en el ‘78

El país futbolero siguió con atención el desarrollo del primer Mundial sub-20, que se jugó en Tokio en septiembre de 1979. Entre otras razones, porque la lista confeccionada incluía a Maradona, que había quedado desafectado del certamen mayor un año antes.

El torneo juvenil entró en etapa de definición mientras comenzaba la visita de la CIDH, a la que habían llegado denuncias por la represión ilegal en Argentina. La Nueva Provincia cubrió el tema, destacando en sus artículos informativos una supuesta apertura gubernamental a las inspecciones, pero cuestionando en sus notas editoriales lo que calificaba como una pérdida de soberanía. No ahorraba críticas a quienes, incluso dentro de las filas castrenses, habían admitido la visita y elogiaba al ex dictador Onganía, que se negó a entrevistarse con los referentes de la CIDH. Tampoco perdía ocasión de deslegitimar a miembros de la delegación.

Mientras en el orden nacional se anunciaba que los jugadores del seleccionado deberían cumplir el servicio militar a su retorno de Japón, en la Base Naval de Puerto Belgrano se rendía homenaje a Pedro Eugenio Aramburu, golpista en 1955, y se anunciaba la disertación en la UNS de Juan Alemann, secretario de Hacienda en el Ministerio de Economía que comandaba José Alfredo Martínez de Hoz. La visita de Alemann a la UNS, que acompañaron funcionarios judiciales y jefes militares, estuvo destinada a difundir las premisas de la ortodoxia económica en boga. “El gasto público”, resumió el título de la disertación ofrecida por el funcionario. La premisa era que aún quedaba “mucho por recortar” en materia de inversiones estatales, pero –advertía Alemann- aún así habría que esperar para comprobar una merma en la inflación. La historia dice que la receta tampoco funcionó entonces, porque la dictadura legó a la democracia un índice inflacionario anual superior al 300%.

Alemann fue recibido por su colega Ricardo Bara, un economista designado en el Rectorado de la UNS por la dictadura. Días antes, Bara había pronunciado en una colación de grados un discurso transcripto por La Nueva Provincia. Allí opinó que quienes recibían sus diplomas habían comenzado su tránsito académico en “una Universidad que no ha cumplido con su función rectora”, lo que atribuyó a “una historia triste que la Argentina ha vivido”.

La acusación aludía a los años previos a la irrupción del terrorismo de Estado, cuando se habían impulsado innovaciones académicas que –contra lo afirmado por Bara- aún hoy se reconocen como de avanzada en el país. Uno de los ejemplos es precisamente el heterodoxo plan de estudios que la carrera de Economía de la UNS implementó entre 1972 y 1974, cuando contó con un plantel docente conformado por especialistas reconocidos más allá de los claustros de la UNS.

Para septiembre de 1979, todos habían sido separados de sus cargos y perseguidos en una causa penal por “infiltración ideológica”. En ella confluyeron el aparato militar -que reconoció públicamente la tarea represiva previa del nazi rumano Remus Tetu, uno de los líderes locales de la Triple A- y parte del Poder Judicial federal. Recientemente, la Unidad Fiscal de Derechos Humanos bahiense elevó una requisitoria para profundizar en la investigación de los delitos sufridos por profesores y profesoras de la UNS, entre quienes se encuentra el equipo que protagonizó aquella experiencia académica de formación crítica y plural de economistas.

Un Mundial en guerra

El Mundial de mayores de 1982, que se jugó en España, fue seguido con una distancia que no respondía sólo a la lejanía geográfica o el mal desempeño que tuvo el equipo. El torneo se disputó mientras en el Atlántico Sur se vivía la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.

La Nueva Provincia había tenido la primicia del desembarco argentino en el archipiélago, en abril. Hasta entrado junio, sostuvo un discurso bélico triunfalista que no se condecía con lo que en realidad ocurría en los alrededores del territorio insular.

Tras la capitulación, tornó en una crítica que tuvo como principal centro al dictador Leopoldo Galtieri, a quien advertía que “la historia no tolera los fracasos” y criticaba su último movimiento, cuando ante la desesperación buscó apoyos fuera del alineamiento con Estados Unidos que hasta entonces había seguido el régimen. El editorial del domingo 20 de junio, titulado “La República ante la derrota”, sólo reservaba elogios para los aviadores navales y reconocía que todo intento militar de gobierno sería “de transición”.

Todavía quedaban varios meses de lucha popular por delante, pero la dictadura que había implementado un plan criminal contra la población de su propio país estaba próxima a concluir.

El siguiente Mundial sería en tiempos también difíciles, pero en democracia.


(*) Diego Kenis es periodista. Escribe regularmente en el semanario digital El Cohete a la Luna y participa del proyecto de periodismo militante de la Agencia Paco Urondo.

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