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viernes, abril 12, 2024

El año mundialista que anticipó la noche más oscura

Ni la vida ni la muerte se detienen en medio de Mundiales como el que comienza hoy. Mientras se desarrollaba el de 1974, murió Perón. En rostros, nombres y textos de la Bahía Blanca de entonces pueden rastrearse los puntos de partida del terrorismo de Estado en ciernes.

por Diego Kenis (*)

Atípico. Con calor y tormentas de verano, todavía en primavera. El Mundial de Qatar que comienza este domingo no será, como siempre, territorio del invierno en la memoria argentina. Posta del cuarto año. Como los bisiestos. Como los mandatos presidenciales, en un Pueblo que necesita creer.

Por su particular periodicidad y su arraigo en la cultura popular, casi desde el inicio los Mundiales se han constituido en mojones nítidos de la ruta colectiva. Son sucesos previstos y, a la vez, sorpresivos. La mayor parte de nuestra población recuerda dónde estaba cuando. Cuando es: aquel partido, ese gol, tal penal. Es posible recuperar una época, como se reconstruye en el corazón la casa de la infancia. A partir de una punta, detalle a detalle.

El desafío –casi diría, el deber- militante es rescatar los fondos, saltar las primeras planas. Buscar en los pliegues del recuerdo aquello que pasaba, o anticipaba lo que vendría. No implica negar las alegrías populares de la pelota, genuinas. Pero sí evitar que eclipsen los capítulos de sufrimiento de los sectores desde los que el fútbol mismo suele nacer, para proyectarse al mundo.

Entre 1974 y 1982 se jugaron tres Mundiales de fútbol masculino en mayores, uno de ellos en Argentina. Surgió al fútbol Diego Maradona. Inició y concluyó la guerra de Malvinas. Y, en particular, se descargó sobre el país el terrorismo de Estado y un modelo económico que planificadamente arrojó a las mayorías populares a la miseria.

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El futuro muchas veces deja huellas en reversa. Verlas con el diario del lunes no puede quedarse en simples poses de superación sobre los diagnósticos de la época. Debe servir para confirmar, y tratar de entender, las complejidades de la historia material.

Las marcas de esa historia están ahí, en los días mundialistas. También en Bahía Blanca y su región, donde –como recordaba la APDH local- “también pasaron cosas”. Siempre. También en 1974. Invierno en Argentina. Mundial, en Alemania Occidental.

La primera de las muertes

Las portadas de los diarios del 1 de julio de 1974 informaban la prematura eliminación argentina del certamen y anunciaban que el presidente Juan Domingo Perón se recuperaba del cuadro que unos días antes lo había obligado a licenciar el cargo.

Grande habrá sido la sorpresa cuando, pasado el mediodía, las radios comunicaron la muerte “un líder excepcional” que fue “figura central de la política argentina en los últimos treinta años”, como escribió Rodolfo Walsh en el diario Noticias.

La autodenominada Alianza Anticomunista Argentina ya había comenzado a actuar por entonces. En mayo el grupo parapolicial había asesinado al padre Carlos Mugica. Pero la muerte natural de Perón abrió un periodo en que la muerte violenta se constituyó en regla: el terrorismo de Estado.

En el Concejo Deliberante bahiense, el homenaje al fallecido Presidente estuvo a cargo del titular del bloque del Frejuli, Gerardo Carcedo, un joven que apenas había pasado los treinta años. Carcedo fue concejal hasta que el golpe del 24 de marzo de 1976 interrumpió la actividad legislativa. En octubre, precisamente el Día de la Lealtad, fue secuestrado. Permanece desaparecido.

En aquellas primeras horas de julio de 1974, dos de los rostros que pronto portaría la Muerte ocuparon la primera fila de la Catedral de Bahía Blanca. En la misa en memoria de Perón se sentaron juntos y solemnes el vicealmirante Antonio Vañek, condenado luego en Argentina e Italia por crímenes de lesa humanidad, y el diputado nacional Rodolfo Ponce, que meses más tarde lideraría la Triple A en el sudoeste bonaerense.

También la economía local dejaba ver lo que vendría. En el correo de lectores de La Nueva Provincia, un vecino se quejaba por la actitud especuladora de comerciantes de productos esenciales. Todavía no habían caído brutalmente los salarios ni desembarcado las cadenas de hipermercados, pero el costo de vida era una preocupación. El control de precios era ya un problema, sin apps a la vista.

Anticipando la financiarización de la economía que en 1975 inauguraría el Rodrigazo y desde 1976 profundizaría la última dictadura, una empresa local proponía la timba del interés como modo de resguardarse individualmente de la inflación. “Entregar dinero para recibir más dinero”, era la ecuación que lo resumía todo. “Poner a trabajar la plata”, se diría coloquialmente poco después. El anuncio publicitario fue incluido debajo de una imagen del ataúd de Perón. Todo un símbolo.

El entonces Presidente había pronosticado que el Mundial lo ganaría Holanda. Era una apuesta de muchos y no faltó demasiado para que se cumpliera: la Naranja Mecánica perdió por la mínima diferencia la Final contra los locales.

El regreso de la delegación nacional al país pasó desapercibido. Argentina –que, como en este Mundial, había compartido la fase inicial con Polonia- había tenido una actuación deslucida pese a integrar en su equipo a grandes figuras: la base del Huracán campeón del año anterior con César Menotti, Mario Kempes y Roberto Perfumo, entre muchos otros. La participación en el Mundial de 1974 había estado marcada por una desorganización deportiva y dirigencial, que ya comenzaba a ser una preocupación para el campeonato que cuatro años más tarde se disputaría en suelo criollo. Muchas cosas ocurrirían hasta entonces. Las manos de Perón acariciando la pelota, en el logo propuesto, se convertirían en el alambrado de un campo de concentración en la denuncia internacional.

La Nueva Provincia ya dejaba ver su línea para la noche que asomaba. El 4 de julio de 1974 el diario publicó un editorial en que defendía a la dictadura uruguaya de las acusaciones por violaciones a los derechos humanos contra militantes tupamaros y anticipaba lo que una década más tarde se conocería en Argentina como la “teoría de los dos demonios”.

Cuatro años después de aquel Mundial de 1974, las páginas del diario celebrarían una fiesta. Que se decía “de todos”, aunque las ausencias eran la norma cotidiana.


(*) Diego Kenis es periodista. Escribe regularmente en el semanario digital El Cohete a la Luna y participa del proyecto de periodismo militante de la Agencia Paco Urondo.

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