Estados Unidos, la FIFA y el negocio de fingir que el deporte no es político

El Mundial 2026 viene atravesado por una inusual seguidilla de polémicas, que van desde la imposición de pausas de hidratación hasta los malos tratos a países enemistados con Estados Unidos, todo bajo la complicidad de la FIFA, que insiste en presentarse como un organismo apolítico. Pero, ¿existe la neutralidad política?

Estados Unidos, el rey del Mundial 2026

Esta semana tuvo lugar el primer partido de la selección argentina en el Mundial de Fútbol 2026, y aunque está bueno poder celebrar que el equipo le ganó 3 a 0 a Argelia, también es una buena oportunidad para analizar lo que pasa por afuera de la cancha.

Y es que, aunque la FIFA insiste en presentar la competición como si fuera apolítica, lo cierto es que de una u otra manera, la política se metió en la discusión mundialista. Esto no es ni bueno ni malo, es una muestra de que el mundial tiene lugar en el mundo, lo malo sería hacer de cuenta que la política no existe.

Esto quedó claro en cuanto arrancaron a llegar los deportistas a Estados Unidos. Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor árbitro de África, fue deportado poco después de pisar el aeropuerto de Miami. Hubiera sido el primer somalí en arbitrar un mundial.

La selección de Uzbekistán pasó por un protocolo de seguridad inusual: detectores de metales, perros rastreadores, revisión minuciosa de equipaje. El técnico Fabio Cannavaro fue directo: “Me dijeron que eran las normas, pero al final la revisión fue solo para nosotros”.

Entre tanto, Iraq sufrió retenciones de hasta once horas en aduanas, pero el caso más extremo recayó sobre Irán: se le prohibió pernoctar en territorio estadounidense durante toda la competencia. Vale mencionar que Casa Blanca incluso pidió en la previa que Italia reemplazara al equipo persa.

La FIFA, ante todo esto, eligió lavarse las manos. Gianni Infantino declaró “desafortunado” el caso del árbitro somalí, pero sin reconocer responsabilidad alguna de los procesos migratorios estadounidenses. Sobre Irán, su respuesta fue casi insultante: “Sé por lo que están pasando. Pero ustedes son más fuertes que todo”.

La situación toma color cuando se observan las actividades en las que el titular de la FIFA tomó parte. Desde su primer encuentro en el Despacho Oval durante el primer mandato de Trump en 2018, ha sido visto junto al expresidente en Davos, en la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020, y como invitado en la segunda investidura en enero de este año.

Más aún: cuando Trump no ganó el Premio Nobel de la Paz en 2025, Infantino creó para él el “Premio FIFA de la Paz: El fútbol une al mundo” y se lo entregó en mano durante el sorteo del Mundial en Washington.

Todo esto mientras la FIFA sanciona a otros países por supuestas violaciones a su mandato de “dejar la política afuera del deporte”. Sin ir más lejos, Haití tuvo que cambiar de camiseta porque su diseño hacía referencia a la independencia de Francia.

FIFA y la falsa neutralidad como máscara del poder

La pregunta inevitable surge: ¿puede el deporte fingir ser apolítico? La respuesta es no, pero la pregunta relevante es otra: ¿por qué la FIFA lo intenta? Ninguna organización de esta envergadura es neutral. Lo que existe es una supuesta neutralidad sostenida por una serie de valores naturalizados que no estamos dispuestos a discutir.

Es la ilusión de que todos podemos llevarnos bien bajo un paraguas “cosmopolita” que en realidad esconde prejuicios profundos y censura a las culturas que no encajan con el ideal occidental. Esta arbitrariedad queda expuesta cuando afecta lo que valoramos o cuando somos nosotros quienes quedamos afuera de esa burbuja.

La defensa usual de la FIFA es que simplemente mantiene el statu quo, alineándose al país anfitrión. Es una posición cómoda y falsa. La FIFA no es pasiva: impone condiciones y lo hace siempre en favor de sus intereses. Esos intereses tienen un nombre: dinero.

Un sistema dinámico de precios de entradas para maximizar la extracción de recursos de los fanáticos. La prohibición de nombres de estadios que contengan marcas no afiliadas a la FIFA. Y lo más infame: pausas de hidratación de tres minutos en medio de cada tiempo para insertar más publicidad, degradando el juego mismo en pos de la rentabilidad.

Esto no es una particularidad de 2026. En 2014, Brasil modificó su legislación para permitir la venta de cerveza dentro de los estadios porque Budweiser era socio de la FIFA. En 2010, Sudáfrica creó tribunales exprés para juzgar inmediatamente a quienes violaran la propiedad intelectual de los patrocinadores.

Lo más naturalizado de la supuesta neutralidad FIFA es su obsesión por maximizar ganancias, incluso cuando perjudica el espectáculo. Aquí reside lo inquietante: vivimos en un país donde el gobierno aplica esta misma lógica (maximizar ganancias bajo la promesa de mejorar servicios) como justificación de sus políticas. Pero, ¿Mejoró la FIFA el fútbol aplicándola?

Adorni no pudo esconderse detrás del Mundial

Mientras tanto, en Argentina, Manuel Adorni presentó su declaración jurada con una historia tan inverosímil que termina siendo instructiva de otra cosa: cómo se intenta redefinir la relación con la ley desde el poder. El jefe de Gabinete pensaba que el inicio del mundial iba a camuflar su situación, pero por ahora la estrategia no le está resultando.

Adorni dice halló 200 mil dólares en el departamento de su padre fallecido y, en 2014, invirtió todo en Bitcoin, lo que habría llevado a que su inversión creció de manera exorbitante sin declararse. Esto, de por sí, es un delito (aunque el Javier Milei lo niegue).

Peor aún: el departamento en cuestión tenía tres embargos judiciales por deudas bancarias, expensas atrasadas y una hipoteca impaga desde 1996. El propio Adorni había declarado años atrás que su padre solo le dejó deudas. Registros audiovisuales lo muestran diciendo que no entendía o no confiaba en Bitcoin. La historia no cierra.

Para colmo, Adorni apeló a una justificación moral e ideológica para justificarse. Dijo que “toda la vida ahorramos en negro como lo ha hecho la mayoría de los argentinos que tuvo la suerte de ahorrar”.

Además, agregó que “no los declaramos porque la forma de escaparte de la vieja política era ahorrando en negro. No se me hubiera ocurrido ahorrar en blanco”. Un intento desesperado por empatizar con el “argentino promedio”.

La lógica libertaria subyacente es clara: los impuestos son un robo, por lo tanto evadir impuestos no es moralmente reprochable. Milei lo ha dicho incontables veces. Cuando la declaración fue presentada, su respuesta fue que “quedó claro que no robó”.

La diputada Lilia Lemoine, una de las pocas voces del oficialismo que salió en su defensa, contradijo al propio funcionario, y cuando le señalaron que Adorni estaba violando la ley, respondió: “Que la ley exista no significa que esté bien”.

Es preocupante que lo diga una legisladora. Pero la pregunta es válida: ¿una ley es buena por el simple hecho de haber sido sancionada? Claramente no. Existen malas leyes que deben modificarse o eliminarse.

El paso del tiempo y los avances sociales exigen cambios legítimos. La pregunta correcta, sin embargo, es otra: ¿eso autoriza a cada ciudadano a decidir cuáles leyes cumplir y cuáles ignorar?

Seguir por esa línea es peligroso. Si cada uno define qué leyes son válidas según su ideología, ¿dónde termina? ¿Habilitamos a algunos a incumplir leyes fiscales y a otros a violarlas de otras formas? ¿Quién decide qué delitos merecen respetarse y cuáles no?

La respuesta, en un sistema republicano, debería ser el Congreso. No es perfecto, pero es un acuerdo social. Ningunear el valor de las leyes es ningunear el Poder Legislativo que las emite y el Judicial que las ejecuta.

¿Qué queda entonces? Un sistema donde reina la ley de la jungla.

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