El 6 y 7 de julio es rememorado como el “Día Nacional del abogado víctima del Terrorismo de Estado”, fecha mejor conocida como la “Noche de las Corbatas”.
En esas fechas de 1977 fueron desaparecidas por grupos de tareas de la dictadura cívico-militar genocida 11 personas en Mar del Plata. 6 eran abogados, las otras 5 sus familiares. El nombre con que se bautizó esos sucesos fue utilizado inicialmente por los secuestradores-torturadores-asesinos. Con el tiempo nos lo apropiamos, se lo quitamos a las bestias, lo inmortalizamos.
Los abogados víctimas eran laboralistas, defendían derechos de trabajadores, independientes u organizados en gremios. Uno de ellos, Norberto Centeno fue el compilador y cerebro de la Ley de Contratos de Trabajo, aquella norma rectora que vino a poner en orden el sistema jurídico que debe ser tuitivo para la parte trabajadora por ser la parte frágil en la relación laboral.
La dictadura ya había cercenado la ley a poco tiempo de comenzar. Un año después asesinó a su creador. Como si todo no fuera parte de un mismo mensaje. Como si todo no fuera parte de un mismo proyecto, político, económico y de gobierno que encontraba en el salvajismo que representa privar a los seres humanos de nuestra dignidad, nuestra integridad física y nuestra vida uno de las herramientas en su método consistente en inhibir todo tipo de acción, callar toda voz, desanimar toda organización o iniciativa que tan solo alterara sus objetivos: transformar la matriz económico-productiva de la Argentina para que de manera definitiva la acumulacion de riquezas quedara en pocas manos.
Aquello que Rodolfo Walsh había escrito en su Carta Abierta pocos meses antes (luego también desaparecido y asesinado), en cuanto los crímenes que representaba el atropello a los derechos económicos, sociales y culturales en Argentina, encontraba en la desaparición de abogados laboralistas un nuevo capitulo.
En este aspecto, donde se relaciona la defensa de derechos básicos de trabajadores frente a “monstruo grande que pisa fuerte” es donde queda claro que el territorio en disputa era también el de las ideas y el del lenguaje. Se los secuestró, torturó y asesinó por lo que pensaban, por los intereses que defendían, por lo que decían.
Porque lo que pensaban, hacian y decian era un obstáculo claro, tangible a la flexibilización laboral, al ajuste en el campo del trabajo, al desguace del derecho que necesitaban profundizar para afianzar el liberalismo atroz que mataba pero también hambreaba. Se atacó por su condición de profesionales del derecho y por la rama que ejercian.
El derecho, como ordenador de la vida, de las relaciones. Como barrera frente a los atropellos, frente al despotismo. Como amparo de necesidades básicas. El derecho como fruto de luchas, de revoluciones; síntesis de marchas y contramarchas. En definitiva como herramienta de la libertad, porque sin derechos no somos libres, y lo que perdemos cuando perdemos la libertad son nuestros derechos.
El derecho, los derechos, que muchas veces quedan fuera de las leyes, porque no podemos negar que la historia Argentina y sudamericana está repleta de leyes y otras normas que nos quitaron derechos o nos los postergaron. Esa quita de derechos que cuidadosa y sistemáticamente ha trabajado en los sentidos de la población, naturalizando eufemismos, lenguajes hipócritas.
Normalizando que hablemos de personas vulnerables y no de vulneradas, cuando en efecto y en la mayoría de los casos en aquellos ya existen vulneraciones sistemáticas, perdidas o desconocimientos de derechos; de beneficios y beneficiarios, en vez de derechos y titulares de derechos -nótese que este concepto está incluso arraigado en nuestro sistema previsional y de la seguridad social, aún luego de las magnificas ampliaciones y universalizaciones realizadas entre el 2003 y el 2015-, o “gobierno” o “proceso” e vez de dictadura cívico-militar genocida, y tantos otros.
En síntesis, el ataque contra las víctimas de la Noche de las Corbatas implicó un crimen atroz contra esas vidas, y también un crimen simbólico contra las ideas, el ejercicio de la profesión que en su esencia tiene la defensa de los derechos humanos, de los desprotegidos, de los vulnerados. Para esto, atacar el hueso del derecho laboral resultaba fundamental y disciplinador.
Como abogadas, abogados y abogades es una fecha fundamental para el ejercicio permanente de la memoria; permite la noción permanente del proyecto que representaba la Dictadura, en cuanto a la necesidad de inexistencia de derechos y ejercicio de la defensa de los trabajadores. Que en lo esencial nos dice: sin ejercicio de memoria, sin verdad y sin justicia, lo que nos quitan con la vida son los derechos humanos.
