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miércoles, mayo 29, 2024

Un campeón del mundo en Bahía Blanca

Recuperar la biografía de Enrique Guaita, campeón del Mundial de 1934 y luego director de la cárcel bahiense, implica rescatar consigo una época singular de la historia argentina y universal. No sólo por el fútbol.

por Diego Kenis (*)

Argentina jugará siete partidos en un Mundial de fútbol masculino por quinta vez en su historia. En el primero, Uruguay 1930, llegó a la Final pero por entonces el fixture era de definición a seis. Tres integrantes de esa media docena de planteles eran del distrito de Bahía Blanca: Daniel Bertoni, Héctor Baley y Rodrigo Palacio. Los dos primeros fueron campeones en 1978, Palacio no pudo alcanzarlos en 2014.

Pero hubo otro jugador de laureles mundialistas que fue vecino de Bahía Blanca. Enrique Guaita, campeón en 1934 con Italia, vivió en suelo bahiense ya retirado del deporte, ejerciendo una actividad alejada de la pelota pero de una singularidad histórica y social que vale repasarse.

Lo que se cifra en el nombre

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Los apellidos suelen obrar como hilo rojo en las vidas de quienes los portan. Una profecía en clave, que se revela en retrospectiva. Nacida de una época lejana en que fueron apelativo por oficio, gentilicio, condición social o algún otro rasgo distintivo.

El árbol genealógico de la familia Guaita comenzó a germinar en los alrededores del lago de Como. No muy lejos de allí, en San Marino, se encuentra la medieval Torre Guaita. Construida en el siglo XI, su nominación alude a la función: derivada del alemán, la palabra significa “hacer guardia”.

Lo explica a El Ágora, desde La Plata, Cristian Guaita. Sobrino nieto de Enrique, Cristian también fue futbolista y, como su ancestro, nació en Entre Ríos e hizo historia en Estudiantes de La Plata: antes de pasar por Temperley y el fútbol israelí, integró el equipo campeón de 1983 que dirigió Eduardo Luján Manera.

Aquella palabra, guaita-guardia, pasaría varias veces por la vida de su tío abuelo. Siempre marcando una referencia de época. Escapando de los centinelas que lo buscaban por desertor del ejército fascista en la brumosa Europa de los años 30 o, dos décadas después, ejerciendo como director de la cárcel de Villa Floresta bajo la singularísima impronta nacional de Roberto Pettinato padre.

El pasaporte Guaita

Llegar a Italia con el apellido Guaita, cuenta Cristian, es un segundo pasaporte. El de la identidad de una cultura histórica y popular. Al otro, el de papel, los funcionarios italianos de migraciones le sacan fotos para atesorarlo en la memoria. Un Guaita venido de Argentina es un buen recuerdo futbolero: Enrique hizo el gol con que los azzurros obtuvieron el pasaje a la Final del Mundial que disputaban como locales y acabarían ganando. Corría 1934 y se permitía que un jugador vistiera durante su carrera camisetas nacionales distintas.

Guaita estaba por cumplir 24 años. Al menos eso es lo que dicen los papeles parroquiales de Lucas González, el pueblo entrerriano donde nació y con el que se lo identificó tanto que en alguna ocasión se lo agregó como segundo nombre y primer apellido del futbolista. El matrimonio de su padre y su madre define al país del primer centenario, de recurrentes oleadas inmigratorias: Arturo Guaita era italiano y Eloísa Ormaechea, vasca.

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Cuando Enrique tuvo edad de dejar los pantalones cortos, pudieron enviarlo a estudiar Medicina a La Plata. Siguió usándolos, atrás de una pelota, en el todavía joven foot-ball. Largó la Facultad en cuarto año, cuando ya pintaba como el destacado puntero, centro o entreala que sería. En un ámbito doméstico que se aprestaba a saltar al profesionalismo, integró una delantera de Estudiantes que acarició el título nacional y se bautizó haciendo juego con el nombre de su club. Los apellidos de “Los Profesores” salen todavía de memoria: Lauri, Scopelli, Zozaya, Ferreira y Guaita.

Alejandro Scopelli y Guaita partieron en 1933 a Italia, para jugar en la Roma. Los valores no eran los de hoy, pero también resultaban tentadores y ellos contaban con la ventaja de ser hijos de italianos. Guaita pasó así de ser “el Indio” a “il Corsaro Nero”, título de una novela de Emilio Salgari. En tierras de sus ancestros, se destacó. En la temporada 1934/35 hizo 28 goles y marcó un récord para un certamen corto de Primera. Venía de integrar el equipo que ganó el segundo Mundial de la historia soportando fuertes presiones de la dictadura de Benito Mussolini, que pretendía legitimarse con la organización y obtención del campeonato.

En octubre de 1935 el fascismo buscó plasmar sus ambiciones expansionistas sobre África e invadió Etiopía. Varios jugadores argentinos fueron llamados al frente, dos días antes del comienzo de un nuevo campeonato. Entre ellos, Guaita y Scopelli. Una versión sugiere que Mussolini intentó debilitar así a la Roma: su clásico rival era y es la Lazio, que aún se identifica con símbolos fascistas. Para no ir a un matar o morir que no les concernía, los futbolistas convocados huyeron atravesando fronteras, ocultándose en la noche y alternando medios de transporte y salvoconductos. Sin Guaita, la Roma terminó segundo, a un punto del Bologna campeón. El equipo de la capital convirtió 32 goles en 30 partidos, casi la misma cantidad conseguida en el torneo anterior sólo por il Corsaro Nero.

El fascismo catalogó a los jugadores argentinos como desertores y traidores. Renato Sacerdoti, el presidente de la Roma, fue acusado de complicidad con ellos y perseguido hasta el exilio. Sacerdoti había adherido al fascismo en sus inicios, pero su exitosa presidencia en la Roma y sus orígenes judíos lo hicieron blanco de las hordas que se aprestaban a coronar sus prejuicios con las leyes raciales que Mussolini anunciaría poco después. Sacerdoti debió refugiarse en un convento, disfrazado de cura. Otra vez un apellido aparecía como profecía.

Tras su retorno a Argentina, Guaita no pudo jugar por varios meses y acabó retirándose muy joven, pese a demostrar la calidad que había recuperado. Il Corsaro Nero tuvo fugaces revanchas como goleador en Racing y campeón del torneo Sudamericano (la actual Copa América) con el seleccionado argentino, antes de retornar a Estudiantes y colgar los botines con sólo 26 años.

El paso de las décadas barajó mejor las cartas al otro lado del mar. Pronto el apellido Guaita dejó de estar asociado a una traición inexistente y hoy se recuerda por sus méritos deportivos. En la Roma le expresan especial afecto, pero en toda la península se mantiene en la memoria. Uno de los varios herederos de la estirpe futbolística familiar es Leandro, hijo de Cristian. Juega en la Serie C de Italia y en sus recorridas por el país encuentra menciones de su apellido en libros y camisetas de homenaje. En 2018, la RAI recordó la historia de aquel Corsaro Nero. Vale la pena escucharla.

Una leyenda cercana

El arribo de Guaita a Bahía Blanca se derivó del trabajo que debió buscar en la administración pública bonaerense en 1938, cuando estaba retirándose del fútbol y la situación económica familiar comenzaba a volverse precaria. Su nueva carrera inició como ayudante del Registro Civil de San Nicolás, donde vivía una de sus hermanas. En 1945 pasó a la Dirección General de Establecimientos Penales y tiempo después alcanzó la sub alcaldía de la cárcel nicoleña. Entre 1951 y la caída del peronismo, ejerció como director del presidio bahiense.

Por entonces, la política carcelaria argentina estaba regida por la impronta de Roberto Pettinato, padre y homónimo del saxofonista y conductor de tevé. Pettinato, que veinte años más tarde viajaría en el avión del retorno de Juan Domingo Perón al país, impulsaba una atípica propuesta penitenciaria, que buscaba dignificar la vida de las personas privadas de la libertad y ofrecer un camino hacia la reinserción social, un mandato constitucional que casi nunca se cumple.

Entre otras medidas, Pettinato eliminó el traje a rayas que recluía aún más a los internos, mejoró sus condiciones de alimentación y alojamiento y cerró el presidio de Ushuaia, conocido como “la Siberia argentina” por su lejanía y pésima vida. El apotegma que regía la gestión de Pettinato era que “la mejor cárcel es la cárcel vacía”, como resultado de bajos índices de delito y altos de inclusión social. En los últimos días de su gestión, antes de que debiera refugiarse en la embajada de Ecuador para luego exiliarse, participó de un congreso de Naciones Unidas que concluyó con la elaboración de Reglas Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos.

En paralelo con su función carcelaria, Guaita participó de la vida deportiva local, que lo reconocía como la gloria internacional que era. Integró la Sociedad Sportiva y el Tribunal de Penas de la Liga del Sur, entidad que luego presidió por tres periodos anuales. Entre sus mayores logros se destacaron la adquisición de la sede propia de la institución, la habilitación de un consultorio médico y la formación y consolidación de su Selección.

Cuando debió dejar su cargo en la cárcel bahiense, se fue de la ciudad y trabajó como productor de seguros. Murió menos de tres años después, el 10 de mayo de 1959, cuando todavía no había cumplido medio siglo. Ésta es una fotografía de la época, tomada en la última visita a su natal Lucas González.

La noticia de su fallecimiento llegó de inmediato a Bahía Blanca. La Liga del Sur suspendió la fecha a disputarse el domingo 11 y dispuso varios homenajes. Uno de ellos, una placa recordatoria que todavía está en la tumba de Guaita en San Nicolás. El sepulcro del campeón mundial de 1934 fue reencontrado por su familia hace pocos meses, a partir de la consulta de historiadores italianos por el destino de la leyenda que pasó buena parte de su última década de vida como un vecino más de Bahía Blanca.


(*) Diego Kenis es periodista. Escribe regularmente en el semanario digital El Cohete a la Luna y participa del proyecto de periodismo militante de la Agencia Paco Urondo.

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