En momentos en que la comunidad científica y las Universidades se encuentran movilizadas para encontrar rápidas soluciones a la pandemia del coronavirus que nos pone en riesgo, es oportuno traer a la memoria los acontecimientos que tuvieron lugar en nuestras instituciones Universitarias durante el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional.
Universidades y Dictadura
El prólogo de la persecución que sufrirían alumnos, docentes y no docentes de las Universidades Nacionales en la última dictadura militar puede rastrarse en los acontecimientos que se sucedieron a partir de 1974, tras la muerte del Presidente Juan Domingo Perón.
Su sucesora, María Estela Martínez de Perón, apoyada en su Ministro de Educación Oscar Ivanissevich, dio un giro autoritario y conservador en las políticas universitarias que comenzó con el cambio de los Rectores Normalizadores designados en 1973 y con cesantías del personal, aplicando normas legales como la Ley de Prescindibilidad, promoviendo una “depuración” de la educación superior.
Al frente de las Universidades se designaron mayormente hombres ajenos a la vida universitaria que las dirigían por medio de la fuerza, acompañados de grupos paramilitares y parapoliciales. Los centros de estudiantes fueron clausurados, la participación política prohibida y perseguida. Docentes y delegados de estudiantes comenzaron a ser secuestrados y posteriormente asesinados.
A partir del 24 de marzo de 1976 este proceso se acentuó. Con el dictado de una nueva Ley Universitaria, el control de las Universidades quedó bajo la órbita del Poder Ejecutivo, a la vez que se suprimieron los órganos colegiados de gobierno y la actividad gremial y política en general.
La educación superior quedó sospechada de ser el centro de actividades y de adoctrinamiento subversivo. Fue así que se ordenó el cierre de las carreras consideradas como portadoras de la ideología marxista, en especial las enroladas en el Área de las Ciencias Sociales y Humanas; pero también se llegó a supresiones absurdas, como fue eliminar la matemática moderna con la Teoría de los Conjuntos.
Asimismo se consideró que el sistema universitario estaba sobredimensionado, por lo que se implementó la admisión en las carreras por intermedio de exámenes de ingreso, cupos de alumnos, y el establecimiento de aranceles. La matrícula universitaria cayó y en 1977 se redujo a casi la mitad el presupuesto universitario con respecto al año anterior.
La violencia se instaló en las aulas universitarias, combatiendo a los sectores intelectuales y políticos que allí se expresaban, y especialmente a la juventud, que por su edad y su fácil disposición a caer en rebeldía, eran “más propensos” a ser atravesados por la ideología subversiva. Según el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) el 21% de los desaparecidos eran estudiantes.
En suma, miles de alumnos, docentes y no docentes desaparecidos, asesinados y sobrevivientes de los Centros Clandestinos que sufrieron torturas y el exilio –profundizando la fuga de cerebros iniciada en la década del ´60- fue la triste herencia que le dejó el Proceso de Reorganización Nacional a las Universidades.
La Universidad Nacional del Sur y la dictadura
La Dra. en Historia Patricia Orbe, docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur (UNS), en un artículo de su autoría realiza un recorrido histórico en el que describe la vida universitaria de la UNS durante el último golpe militar.
De su lectura se infiere que el ambiente en la UNS comenzó a enrarecerse profundamente desde 1975 a partir del nombramiento como interventor del Profesor rumano Remus Tetu. Explica la Dra. Orbe que “rápidamente, el interventor desplegó toda una serie de maniobras administrativas destinadas a desplazar del ámbito de la UNS a numerosos docentes, estudiantes y no docentes, considerados “prescindibles” o bien “subversivos”.
Pero no solamente utilizó la vía administrativa para deshacerse del denominado “enemigo interno”, muchos testimonios coinciden en que “contaba con un sólido aparato extrainstitucional que le permitió arrasar a los sectores más combativos del movimiento estudiantil y desarticular la incipiente organización de la Federación Universitaria de Bahía Blanca (FUBB)”.
Dentro del mismo se destacaba la figura de su jefe de custodia, Jorge Argibay, acusado del asesinato dentro de los pasillos de la UNS del alumno y secretario de la FUBB, David “Watu” Cilleruello. Si bien este es el caso más emblemático por el grado de impunidad con que se manejaba la gestión de Remus Tetu, afirma la Dra. Orbe que “la violencia alcanzaría a numerosos estudiantes de la UNS en las calles, en pensiones, en departamentos particulares, dejando las rutas de acceso a la ciudad salpicadas de cadáveres”.
Sería éste el comienzo de un plan sistemático que retomaría la nueva dictadura a partir de marzo de 1976 “que habría de devastar la Universidad en sus cuadros académicos, gremiales y estudiantiles, a través de la propagación del miedo a perder el trabajo, los estudios e incluso la vida por expresar libremente las propias ideas, bajo un régimen que no toleraba la disidencia y estaba decidido a eliminar definitivamente de la sociedad a todo enemigo político.”
El 25 de marzo de 1976 asumió como interventor militar de la Universidad Nacional del Sur el capitán de navío Raúl J. González. Como el resto de las Universidades Nacionales, el gobierno de la UNS quedó bajó la órbita del Poder Ejecutivo, a través de la nueva Ley Universitaria.
El resultado sería cesantías y renuncias docentes y no docentes, reorganización de los Departamentos, cierre de carreras, cupos de alumnos, ingreso por examen de admisión, limpieza bibliográfica, detenciones de docentes, limitaciones presupuestarias, fin del cogobierno, y el terror instalado en aulas y pasillos.
Concluye la Dra. Orbe afirmando que se “disciplinó a su comunidad académica dentro de los márgenes de “lo permitido”, según los parámetros del ideal universitario que sostenía las políticas adoptadas por la dictadura”.
Lamentablemente “la UNS se vio afectada en su carácter de arena de disputa por el poder, es decir, como espacio de formación política de las jóvenes generaciones de dirigentes que habrían de conducir el futuro de nuestra sociedad.”
