El fenómeno neopentecostal no debe abordarse meramente como un proceso de expansión confesional, sino como un actor político-cultural de relevancia estratégica. Su sistema de valores y su ética del comportamiento operan como un engranaje de alta compatibilidad con el proyecto de Javier Milei. Tras haber analizado previamente el comportamiento de la cohorte de 18 a 29 años y la situación de los trabajadores autónomos, resulta imperativo examinar este movimiento religioso como pieza fundamental de la coalición social oficialista.
Caracterización del fenómeno neopentecostal
El neopentecostalismo constituye una corriente del evangelismo cristiano que mezcla el estilo carismático tradicional con un lenguaje empresarial. Su narrativa se apoya en discursos motivacionales, un uso intensivo de plataformas mediáticas y la promoción de la autonomía individual del creyente, corriendo el peso de las lógicas institucionales más rígidas. El movimiento suele estructurarse bajo liderazgos carismáticos que funcionan de manera análoga a las franquicias independientes.
El pilar doctrinario de esta corriente es la teología de la prosperidad. Bajo esta premisa, el éxito material es decodificado como una evidencia de la bendición divina. A diferencia de la tradición católica, que históricamente ha mantenido una relación de culpa frente a la acumulación de riqueza, el neopentecostalismo la reivindica como la máxima expresión de la gloria de Dios. Por correlación lógica, el fracaso económico es interpretado como una deficiencia en la fe o una transgresión moral individual.
Convergencia ética con el programa libertario
Esta reconfiguración de la doctrina religiosa nos hace volver a las tesis de Max Weber sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. La noción del trabajo como un llamado divino (Beruf) instituye la productividad como un deber sagrado y el ocio como una conducta desviada. Aquella estructura calvinista, que vinculaba la predestinación a la laboriosidad, encuentra en el neopentecostalismo una versión actualizada y funcional a la economía contemporánea.
Dicha ética guarda una simetría total con el programa libertario. Mientras el Poder Ejecutivo nacional exalta la figura del empresario como un “benefactor social”, el neopentecostalismo santifica la ambición individual y la riqueza como virtudes. En este esquema, el mercado se transforma en el espacio de validación de la santidad personal. La fe actúa como un motor de autoexplotación permanente, donde no se requiere de una coacción externa para maximizar el rendimiento, ya que la productividad es vivida como un mandato espiritual.
Esta lógica colisiona con la matriz cultural de raíces mediterráneas y originarias predominante en Argentina, donde el ocio es entendido como una dimensión esencial para el registro del otro y la construcción de lazos sociales. Prácticas incorporadas en la cotidianidad (como el mate) simbolizan un tiempo de encuentro no mediado por el consumo o la producción. El neopentecostalismo, en contraste, resignifica esos espacios como tiempos improductivos y, por ende, sujetos a la condena moral. Esto se refleja incluso en los diseños urbanos de las sociedades que adoptaron mayormente el culto protestante: muestran una marcada ausencia de espacios públicos para compartir.
La individualización de la crisis y la legitimidad política
La teología de la prosperidad genera una consecuencia política directa en el actual escenario de vulnerabilidad económica. Ante un contexto de degradación de los indicadores sociales, esta narrativa provee un marco de interpretación funcional a la gestión oficial: si el individuo no alcanza la estabilidad económica, la responsabilidad es estrictamente personal.
Esta espiritualización del mérito exime a la política económica de su responsabilidad sistémica y traslada la carga del fracaso a la falta de fe o esfuerzo del sujeto. La sintonía entre el Ejecutivo y estas organizaciones religiosas no responde únicamente a una estrategia de anclaje territorial, sino a una fuerte coincidencia en la visión del orden social.
En este sentido, la tensión política se dirime en la dicotomía entre responsabilidad individual y responsabilidad sistémica. Existe un sector de la ciudadanía que, aún frente al deterioro de su situación material, persiste en una interpretación personalista de su realidad económica. El neopentecostalismo constituye uno de los mecanismos culturales más eficaces para sostener esa convicción, blindando el apoyo social al rumbo económico mediante una validación espiritual del lugar que uno ocupa en el mercado.


