La inserción de Argentina en el mundo... ¿tiene resultados materiales concretos?

Macri llega al poder prometiendo la tan esperada vuelta al mundo como la solución a la situación internacional que vivía el país, donde, debido al conflicto sin resolver con los fondos buitre, el país enfrentaba restricciones crediticias que se enmarcaban en un panorama de aislamiento judicial-financiero a causa del incumplimiento argentino del fallo del juez Griesa.

Macri ganó, asumió el 10 de diciembre y –entre sus primeras medidas- ordenó la toma de deuda para llevar a cabo el pago a los holdouts y de esa manera “volver al mundo”, donde se planteaba al país bajo la necesidad de ser el “mercado del mundo”, es decir, el gran exportador. Además, otro de los grandes ejes para el gobierno de Mauricio Macri era promover la llegada de inversiones extranjeras al país.

En consonancia, en el primer año de Cambiemos se hizo un esfuerzo por mostrar una nueva imagen viajando a 13 países y realizando 15 reuniones bilaterales. En este marco se dieron visitas de primer nivel, como fueron la de Barack Obama (Estados Unidos), la de François Hollande (Francia), y la de Shinzo Abe (Japón).

Con el paso del tiempo, se fue dando la llegada de capitales extranjeros a la Argentina, pero no como se esperaba desde los sectores productivos del país. Lo que realmente llegaron al país fueron grandes flujos de inversiones en cartera, de corto plazo y con fines especulativas, las cuales fueron definiendo el perfil económico-financiero que el gobierno de Cambiemos pretendía adoptar.

Un perfil de país donde un sector fue predominante, el financiero (basta observar instrumentos como las famosas Lebacs) y donde otro sector fue perjudicado, el productivo. Fue justamente en este perfil donde luego, en 2018, comenzaron a generarse los principales problemas que –junto a un contexto internacional desfavorable- fueron deteriorando la aprobación de la gestión macrista a nivel nacional.

Deuda externa, riesgo país, balanza de pagos, balanza comercial, inflación, tipo de cambio son –entre otros- los grandes indicadores que mostraron durante 2018 la existencia de grandes fallas estructurales a nivel nacional, en un país donde la vulnerabilidad financiera volvió al centro de la escena.

Así, queda en evidencia que Cambiemos eligió volver al mundo en el momento más complicado que éste está atravesando en lo que va del Siglo XXI. Efectivamente hubo un error de lectura en términos de política exterior.

Si bien hubo signos positivos en lo que hace a la inserción internacional de Argentina (como fueron la realización de la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio y la de la última sede del G20 en Argentina), lo cierto es que éstos fueron de tipo simbólico, escaseando de este modo los resultados en términos materiales. En este sentido, cuando hubo “logros materiales” existió al mismo tiempo –en la mayor parte de los casos- una contracara negativa.

Retomando lo dicho anteriormente, a pesar de que el canciller Faurie, a principios de este año, hablaba de la «inserción inteligente» de Argentina en el mundo, en verdad el 2018 fue el año en que la política exterior de “vuelta al mundo” se encontró con una pared, generada tanto por la coyuntura del escenario internacional como así también por variables de política interna, vinculadas en su mayoría a la variable económico-financiera.

El mejor ejemplo sea quizás la marcada por Mauricio Macri como una “necesidad” del país de volver a recurrir al Fondo Monetario Internacional (desde ahora FMI), el cual tiene un pasado negativo sobre el país y del cual parecía que Argentina se había desligado para siempre desde que 2006, año en que se realizó el pago completo de la deuda al organismo.

La vuelta al FMI significó una pérdida de los márgenes de acción internacional para Argentina, donde, desde ese momento y hasta la actualidad, la política macroeconómica nacional se encuentra explícitamente condicionada por el organismo dirigido por Christine Lagarde.

Dicho esto, la actualidad internacional para el país es una realidad de dos caras: por un lado, Argentina parece felizmente incorporada en el mundo, lo que le da la posibilidad de mantener interesantes encuentros con Estados de primera línea mundial o, incluso, de organizar eventos como fue el G20; por otro, la política exterior argentina se enfrentó –y se enfrenta- constantemente contra obstáculos a la hora de generar resultados materiales, situación que es fruto de un desfase entre lo que nuestra política exterior propone y lo que la coyuntura internacional actual ofrece.

Lo cierto es que, en la actualidad, a pesar de que por momentos pareciera que Argentina está altamente incorporada en el mundo, la realidad muestra todo lo contrario: la inserción productiva de Argentina en el planeta es del 0,32% del total mundial.

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