La carrera política de Patricia Bullrich vuelve a toparse con un obstáculo que ya conoce bien: la desconfianza. Esta vez no viene del peronismo que abandonó en los noventa, ni del radicalismo con el que gobernó en la Alianza, ni siquiera de Mauricio Macri, a quien criticó duramente en 2003 antes de convertirse en su ministra.
El veto llega desde el corazón del poder libertario, donde Karina Milei, hermana del presidente y verdadera arquitecta del armado político de La Libertad Avanza, ya decidió que la exministra no será la candidata a jefa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2027.
En su lugar, la preferencia de la secretaria general de la Presidencia recae sobre Manuel Adorni, el vocero presidencial reconvertido en jefe de gabinete light, que triunfó en las elecciones legislativas de mayo pasado con el 30% de los votos, convirtiendo a LLA en la principal fuerza de la Ciudad y relegando al PRO a un humillante tercer puesto.
Para el entorno presidencial, Adorni reúne una virtud que Bullrich jamás podrá exhibir: lealtad absoluta e incondicional. La desconfianza de Karina hacia Bullrich no es nueva, pero se ha profundizado desde que la exministra de Seguridad llegó al Senado tras su paso fugaz por el gabinete nacional.
El primer golpe fue el veto a la designación de Gerardo Milman como director de relación con las provincias, un movimiento que dejó en evidencia el poder de la hermana del presidente para neutralizar cualquier intento de autonomía de la senadora. El mensaje fue claro: en el universo libertario, quien manda es Karina, y Bullrich debe aceptar su lugar en el escalafón o atenerse a las consecuencias.
La trayectoria política de Bullrich es un muestrario de pragmatismo y supervivencia a toda costa. Comenzó su militancia en los años setenta en la Juventud Peronista, con vínculos a Montoneros que la llevaron al exilio durante la dictadura.
En los noventa se convirtió en diputada menemista, para luego saltar a la Alianza de Fernando de la Rúa, donde fue ministra de Trabajo durante la crisis de 2001. Tras fundar su propio partido, Unión por la Libertad, se alió con Ricardo López Murphy y enfrentó duramente a Macri en las elecciones porteñas de 2003. En 2007 apareció de la mano de Elisa Carrió en la Coalición Cívica, solo para terminar recalando en el PRO en 2015, donde Macri la nombró ministra de Seguridad.
Ese prontuario, que incluye al menos seis identidades políticas diferentes, es precisamente lo que genera recelo en el núcleo duro del mileísmo. “Si hay alguien que estuvo con todos y traicionó hasta al expresidente Macri, esa es Patricia”, sintetizan en el gobierno.
La referencia no es casual: la ruptura entre Bullrich y el líder del PRO quedó sellada cuando la ministra de Seguridad se pasó formalmente a La Libertad Avanza en mayo de 2025, abandonando al partido amarillo que había presidido entre 2020 y 2024, aunque ya en 2024 se había desmarcado sin pudor.
Para Karina Milei, la Ciudad de Buenos Aires representa mucho más que un distrito electoral. Es el territorio donde LLA demostró en mayo pasado que puede arrebatarle al macrismo su último bastión de poder real. Con Adorni como candidato, el oficialismo obtuvo un triunfo histórico que nadie imaginaba posible apenas dos años atrás: derrotar al PRO en su propia casa, duplicar los votos obtenidos en 2023 y consolidarse como alternativa electoral competitiva.
Ese resultado no fue casualidad. Adorni encarna el modelo de dirigente que Karina prefiere para construir poder territorial: funcionarios leales, sin historia política previa que implique compromisos con otros espacios, y totalmente subordinados a sus decisiones.
El entonces vocero presidencial dejó trascender en entrevistas que no descarta competir por la jefatura de gobierno en 2027, aunque se cuida de adelantar pasos sin la bendición presidencial. Su principal activo político no son las ideas propias —de hecho, no las tiene— sino su capacidad de ser el “dedal perfecto para el índice de Karina”, como lo definió una fuente del entorno gubernamental.
En el esquema de poder libertario, esa subordinación no es un defecto: es la garantía de que quien gobierne la Ciudad responderá exclusivamente a las directivas de Balcarce 50.
Bullrich conoce el terreno que pisa y por eso evita la confrontación directa. Cuando Karina le vetó a Milman, la senadora se esforzó por filtrar a medios afines que la responsable era Victoria Villarruel. También pidió autorización para moverse en Mar del Plata durante el verano, con ese perfil de candidata permanente que la caracteriza desde hace décadas.
En privado, la exministra asegura a su entorno que prefiere competir por la vicepresidencia en 2027 para no chocar con Adorni y, por ende, con Karina. Es una declaración que nadie toma demasiado en serio. Quienes la conocen desde hace años saben que su objetivo de máxima siempre fue el mismo: volver a presentarse para la presidencia, como hizo en 2023 cuando perdió en primera vuelta y terminó apoyando a Milei en el balotaje.
Pero esa aspiración choca con la realidad del poder libertario: Karina también prefiere para la vicepresidencia a alguien de su riñón, como Martín Menem, antes que a una dirigente con juego propio.
Ahí radica el problema de fondo con Bullrich: su historia política demuestra que la lealtad no es su principal atributo. Cada uno de sus saltos implicó romper con el espacio anterior, a veces con estruendo y otras con sigilosidad, pero siempre priorizando la supervivencia política individual por sobre cualquier compromiso partidario.
Karina Milei no está dispuesta a correr ese riesgo. Prefiere a Adorni, alguien que surgió directamente del riñón del gobierno, sin pasado político que lo condicione y con la única ambición de servir al proyecto libertario. Que el hoy jefe de gabinete carezca de experiencia en gestión es un detalle menor: lo importante es garantizar que quien gobierne la Ciudad responda al gobierno nacional sin chistar.

