La vuelta a clases presenciales en CABA será con baja presencialidad

La implementación del protocolo para volver a clases presenciales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a cargo de la dirección de cada escuela, choca con la realidad edilicia: poco espacio y deficiente ventilación. Habrá grupos reducidos y mucha virtualidad.

Todos los chicos, todos los días”, fue la frase más pronunciada por la polémica ministra porteña Soledad Acuña en cada intervención mediática. La realidad confirma lo que la comunidad educativa repitió hasta el cansancio: “La presencialidad masiva no es posible en estas condiciones”. Los equipos de conducción de cada escuela porteña se reunieron durante toda la semana para diagramar las clases presenciales que se inician este miércoles 17 de febrero.

Fue la propia Acuña quien delegó en ellos esa tarea. Y si bien es una responsabilidad que recae sobre las espaldas de cada director o directora, al mismo tiempo esto trae más tranquilidad a la comunidad educativa, en la medida en que la mayoría de los equipos de conducción se han propuesto resguardar, ante todo, la salud de la comunidad, pese a los deseos de una gestión que añoraba una presencialidad total, con asistencia diaria de alumnos y sin virtualidad.

Las escuelas se acomodaron a su propia realidad y, en lo concreto, la mayoría piensa restringir fuertemente la implementación de clases presenciales, con el objetivo de que se respete cada uno de los protocolos. Para eso introdujeron muchas clases por Zoom, algo bien distinto a los anuncios mediáticos de Acuña.

Tenemos ocho aulas de 5 metros por 4,5 donde no pueden entrar más de cuatro estudiantes y un profesor para respetar el distanciamiento. Eso es lo que armamos”, afirma Alejandra Marelli, directora de la Escuela de Cerámica N°1, de Almagro.

“Las ventanas de nuestras aulas son tipo tijera, tienen una apertura de 5 centímetros que no permite la circulación del aire. En diciembre, pedí por medio de un expediente al Ministerio de Educación que cambie todas las ventanas, pero ese expediente está congelado”, agrega.

La modalidad que aplicará esta escuela es virtual y presencial. “Toda la semana va de primero a quinto con esa cantidad de alumnos, y el resto recibe clases virtuales. La semana siguiente, los que tuvieron presencial recibirán clases virtuales, y así se irán alternando”. Es decir, los alumnos recibirán clases presenciales una semana al mes para evitar los contagios.

La situación de la Escuela “Olga Cossettini“, es más crítica aún. La dirección diagramó una cursada donde cada división asistirá una semana por mes a clases presenciales, y el resto en sus casas, con material impreso porque muchos estudiantes no tienen computadoras. “Nuestra precaria infraestructura está casi al borde de inhibirnos de una presencialidad como pretende el gobierno porteño”, señala el director, Hernán Opitz. “Una semana va primer año; la otra, segundo; y la otra, tercero; divididos en cuatro grupos de seis estudiantes, mañana y tarde”, completa.

De esta forma, en la Olga Cossettini quedan excluidos todos los talleres ocupacionales de la escuela que son parte de la currícula, como Fotografía y Gastronomía.

“Hay algo que me preocupa que son los permisos que tienen que firmar las familias para que los chicos vayan a la presencialidad. El padre o la madre firma el apto médico, bajo declaración jurada, no lo firma un médico”, concluye.

Por otra parte, el colegio Mariano Acosta, tiene una matrícula de 2600 alumnos y alumnas entre los cuatro niveles. “Resulta absolutamente inviable lo que propuso el gobierno porteño, eso de todos los chicos todos los días. Es imposible de aplicar de acuerdo al propio protocolo general que redactó Ciudad”, señala la rectora Andrea Berman.

La educación especial se lleva la peor parte. En la Ciudad hay solo tres Centros de Educación para Niños con Trastornos Emocionales Severos (CENTES), con una alta demanda de vacantes y pocos lugares. “El protocolo elaborado por el gobierno porteño no contempla la educación especial, ya que los chicos requieren abordajes personalizados”, afirma María Jimena Albareda, directora del CENTES 3 de Villa Luro.

Acá no se puede hablar de burbujas, porque necesitamos armar el lazo y el vínculo con los chicos. La educación especial en este protocolo está invisibilizada. El gobierno porteño lo envió a todos, pero nosotros estamos excluidos”.

También piensan en una modalidad mixta:

“Nosotros seguimos hablando con las familias, porque acá hay muchas cosas escritas en un papel pero en la práctica la presencialidad requiere un acuerdo con las familias, contemplando las posibilidades de cada niño”, termina Albareda.

El protocolo, por ejemplo, indica la sanitización de las sillas de ruedas, pero no contempla al personal auxiliar.

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