En la misma semana que Milei y Sturzenegger blanquearon la influencia del colonialismo neerlandés en su programa, la marcha de Ni Una Menos llenó las plazas todo el país y dejó expuesta la disonancia entre un gobierno que festeja la brutalidad del siglo XVII y una multitud cada vez más grande que lucha por el fin de la violencia machista.
Cuando el modelo es una empresa colonial
Esta semana, el presidente Javier Milei y el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger publicaron una columna en el Financial Times titulada “Argentina invita a la IA a liberarse a sí misma”.
El objetivo declarado es posicionar al país como destino de inversiones en inteligencia artificial a partir de una legislación sin controles ni restricciones para la IA, que permita incluso crear empresas manejadas exclusivamente por algoritmos, sin personas.
El contexto importa, porque mientras la Unión Europea aplica una normativa que prohíbe sistemas que amenazan derechos y restringe los que acceden a la intimidad de los ciudadanos, Milei se posiciona exactamente a contramano.
Para justificar este camino, la columna apela a un ejemplo alarmante: la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, fundada el 20 de marzo de 1602, considerada la primera sociedad por acciones y multinacional de la historia, que también inauguró la figura de la “sociedad de responsabilidad limitada”.
Milei y Sturzenegger afirman que la revolución industrial no la completó la ingeniería, sino el derecho corporativo holandés (puntualmente el que dio lugar a las campañas más cruentas del colonialismo holandes) y que quieren replicar ese espíritu:
“Con el espíritu de los comerciantes holandeses que hicieron de Ámsterdam la capital financiera del siglo XVII, tenemos la intención de ofrecer el entorno legal y fiscal más atractivo para las empresas de IA que definirán el siglo XXI”.
El problema es qué fue exactamente esa compañía. El gobierno neerlandés le otorgó poderes que hoy corresponderían a un Estado soberano: declarar guerras, negociar tratados, mantener ejércitos privados, fundar colonias. Y eso es lo que hizo durante los 200 años que estuvo activa, con base de operaciones en lo que hoy es Yakarta, Indonesia.
Entre 1609 y 1621, tras la resistencia local al monopolio de la nuez moscada, las fuerzas de la compañía lanzaron expediciones punitivas sobre las Islas Banda que causaron la muerte, esclavización o fuga de aproximadamente 14.000 de los 15.000 habitantes del archipiélago.
En 1740, en Batavia, tropas de la empresa y milicias aliadas mataron a miles de residentes de origen chino en medio de una caída del precio del azúcar; la masacre podría haberse cobrado hasta 10.000 vidas.
Los propios trabajadores de la compañía tampoco estuvieron a salvo. Entre 1602 y 1795, partieron de Holanda hacia Asia aproximadamente un millón de marineros y artesanos en nombre de la empresa; solo regresaron 340.000.
No se puede transponer linealmente lo que ocurrió hace 400 años con la situación actual. Eso sería incurrir en el mismo error de Milei, que hace exactamente esa transposición en su columna.
Pero sí se puede señalar la lógica del poder que se creó a partir del levantamiento de las restricciones al libre desarrollo del capitalismo, y también observar que el enriquecimiento del oriente tal vez tuvo más que ver con el colonialismo brutal que con la ingeniería jurídica holandesa.
Dicho esto, lo cierto es que la diferencia fundamental es otra: Holanda no expuso su propio territorio a ese modelo de explotación desenfrenada. Milei sí lo está haciendo con el nuestro mientras avanza con una legislación dedicada a captar la atención de las big tech.
La nueva Ley General de Sociedades que le abre la puerta a la creación de corporaciones no-humanas ya ingresó al Senado y, al mismo tiempo, el Congreso debate la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
Con ella, el gobierno libertario propone eliminar las restricciones a la venta de tierras a extranjeros y derogar la normativa de Manejo del Fuego de 2020 (que prohíbe por 60 años la venta de tierras afectadas por incendios, una medida pensada para desincentivar la quema intencional con fines especulativos).
Cuando se suma el “Súper RIGI” (que deja el territorio preparado para la instalación de Data Centers), el panorama que se pinta es el de un territorio en venta para el beneficio de un grupo de capitales extranjeros.
Milei dice que pretende convertir a Buenos Aires en Ámsterdam. Como viene la cosa, parece que Buenos Aires va a terminar convirtiéndose en algo más parecido a Yakarta: un territorio al servicio de una empresa extranjera. En este caso, de inteligencia artificial.
Ni Una Menos y la “batalla cultural” de la derecha
La otra noticia de la semana fue la nueva marcha de Ni Una Menos, en el aniversario número 11 desde la primera convocatoria. Federal, masiva, replicada en ciudades y pueblos de todo el país.
Ocurrió en un contexto de alta visibilidad de femicidios recientes, y con una estadística igual de preocupante: en los últimos 11 años hubo un femicidio cada 31 horas; en lo que va de 2026, ya hay 99 víctimas fatales de violencia machista.
El caso que sacudió a la opinión pública fue el de Agostina Vega en Córdoba. Pero durante la marcha también se mencionaron Dulce María Candia en Misiones y Noelia Rivero en Temperley, casos que no se instalaron en la conversación pública. Mujeres de distintas provincias, distintas franjas etarias y distintas situaciones socioeconómicas, con el mismo desenlace.
A esto se suma un escenario político cada vez más hostil, encabezado por el gobierno de Javier Milei. Evidentemente, el libertario no solo pretende llevar el derecho corporativo al siglo XVII, sino también el resto de los derechos humanos, con particular énfasis en los derechos de las mujeres.
La ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva habló de “homicidio” en lugar de “femicidio” durante su conferencia de prensa sobre el caso de Agostina, en línea con la posición del gobierno: el año pasado, el entonces ministro de Justicia Mariano Cúneo Libarona había anunciado la intención de eliminar la figura del femicidio del Código Penal bajo la excusa de defender la “igualdad ante la ley”.
No llegó a presentar esa ley antes de dar un paso al costado, pero sí desmanteló programas como el de Apoyo Urgente y Asistencia Integral Inmediata ante Casos de Violencias Extremas por Motivos de Género, y el de fortalecimiento para dispositivos territoriales de protección en contextos de violencia de género.
En Davos 2025, Milei sintetizó su posición: “El feminismo radical es una distorsión del concepto de igualdad y aún en su versión más benévola es redundante, ya que la igualdad ante la ley ya existe en Occidente”. Una referencia a la figura del “femicidio”.
Es que el sector que representa el mandatario insiste en la idea de que incluir esta figura como agravante implicaría darle más valor a la vida femenina que a la masculina, una interpretación tan errónea como maliciosa.
Lo cierto es que La Corte Suprema de Justicia explicó en un informe de 2014 que la figura del femicidio nació porque “se carecía de una palabra para expresar la forma más extrema de violencia contra las mujeres, producto de las relaciones inequitativas entre los géneros”.
Además, apuntó que estas violencias “están arraigadas en construcciones de poder que ordenan las relaciones sociales entre hombres y mujeres”. El fundamento jurídico de la figura es claro y la intencionalidad política del gobierno que lo cuestiona también.
Pero ¿De dónde sale la caracterización de “feminismo radical” que el mandatario repite una y otra vez? El presidente seguramente lo aprendió a partir de Agustín Laje, ese militante de derecha que celebra la represión, utiliza fake news para intentar instalar desinformación sobre el feminismo y la izquierda, y un largo etcétera que no vale la pena visibilizar.
Laje llama “feminismo radical” al impulsado por pensadoras como Simone de Beauvoir y Judith Butler, y el eje de sus pataleos contra el feminismo nace de una frase de la francesa: “no se nace mujer, se llega a serlo”.
Lo que en su momento observó De Beauvoir es que la condición de “mujer” no se deriva automáticamente de la biología, sino que la sociedad, la educación y las instituciones transforman a una persona de sexo femenino en aquello que se entiende culturalmente por “mujer”.
Esa es la base sobre la que se establece la diferencia entre género y sexo, una distinción que echa por tierra los argumentos de la derecha machista para intentar imponer condiciones a la forma de vida de las mujeres y, en última instancia, justificar su misoginia.
En este contexto, mi propuesta a mis congéneres es: abrir libros como “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir, tanto para entrar en contacto con las premisas más básicas del feminismo como para poder dar esa discusión desde el lugar de hombres frente a otros hombres, a sabiendas de que son estos textos los que le dan miedo a la derecha.
