El segmento demográfico que constituyó el núcleo duro del respaldo a Javier Milei en 2023 (varones de 16 a 25 años, socializados en la lógica digital de la ironía y el contenido fragmentado) registra actualmente la retracción más significativa en los niveles de confianza gubernamental, según el último estudio de la Universidad Torcuato Di Tella. Resulta imperativo analizar la naturaleza de este vínculo sociopolítico y los factores que explican su actual proceso de erosión.
La construcción de la subjetividad política digital
El apoyo de la cohorte de 16 a 25 años representó el fenómeno de vanguardia del ecosistema libertario. Su adhesión no fue mediada por las estructuras de movilización tradicionales, sino por una comunicación política disruptiva en plataformas digitales como TikTok, cuya retórica atomizada sintonizó con su propia cosmovisión individual. Estos jóvenes actuaron como agentes de micro proselitismo, introduciendo la narrativa del cambio en el núcleo familiar y traccionando el voto de sectores etarios superiores.
Para comprender esta adhesión, es necesario analizar las características de la “generación nativa digital”. Al integrar el dispositivo móvil como una prótesis de su cuerpo, se debilita la noción de comunidad territorial y se instaura una relación de escepticismo sistemático hacia las instituciones, hacia lo que sale de la lógica individual. Como señala el filósofo Byung-Chul Han en su obra No-cosas, la transición de la “era de las cosas” a la “era de la información” transforma a los individuos en infómatas: sujetos que procesan flujos constantes de datos filtrados por algoritmos que anulan la alteridad y reducen la disidencia a un elemento susceptible de ser silenciado o bloqueado.
El Estado como coerción: el trauma de la pandemia
Existe una brecha generacional insalvable con el segmento de 35 a 44 años (el sector más crítico de la gestión actual). Mientras que este último estrato pasó su edad formativa (10 a 19 años) bajo el trauma de la crisis de 2001, consolidando una visión del Estado como garante de cohesión y refugio, los jóvenes de 16 a 25 años tuvieron su experiencia fundante con lo público durante la pandemia.
Para esta cohorte, el Estado no fue una red de contención, sino un aparato de vigilancia y restricción de libertades individuales. La percepción de la autoridad estuvo marcada por el confinamiento y el control policial, una experiencia formativa que decantó en un rechazo visceral a la intervención estatal y una validación de la retórica anti-establishment de Milei.
La gestión de la realidad y el desgaste del capital político
Sin embargo, el ejercicio del poder introduce tensiones que la retórica electoral no contempla. El tono novedoso de la disrupción que instauró Javier Milei enfrenta un proceso de desmitificación al asumir la máxima responsabilidad institucional. El costo de defender controversias relacionadas a irregularidades y casos de corrupción (como las vinculadas al entorno más cercano del Presidente) impacta de lleno en una generación cuya lealtad política es inherentemente líquida y volátil.
Los datos del Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Torcuato Di Tella durante el mes de marzo reflejan este cambio de tendencia:
- Caída porcentual: En el mes de marzo, la confianza en el segmento de 18 a 29 años descendió un 25%.
- Variación nominal: El indicador pasó de 3 puntos a 2,22.
- Inversión de roles: El grupo etario que inicialmente lideró el apoyo a la gestión se ha convertido, en términos relativos, en el más reticente.
Hacia una reconfiguración del mapa electoral
El perfil sociodemográfico de la base de sustentación oficialista comienza a converger con el del electorado tradicional de centroderecha: ciudadanos de mayor edad y niveles de ingreso más elevados. Este desplazamiento sugiere un agotamiento del componente transgresor original.
La incógnita reside en la capacidad de la oposición para capitalizar este desencanto juvenil. El desafío estratégico es mayúsculo: capturar la energía de una generación que, aunque frustrada con el presente, mantiene un rechazo estructural a la gestión anterior. El sistema político se enfrenta, así, al dilema de cómo ofrecer una alternativa a un electorado que ha tensionado el contrato emocional con el oficialismo, pero que aún no encuentra un nuevo puerto de pertenencia.


