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Argentina

Matrimonio entre persona del mismo sexo: un significativo avance en materia de derechos civiles de un colectivo minoritario

Por José Luis Ares, ex titular del Juzgado Correccional Nº1 de Bahía Blanca.

Escrito inédito de julio de 2010, publicado ahora por primera vez

Triunfo y derrota

La reciente Ley 26.618 (B.O. del 22/07/10), al modificar la legislación en materia de matrimonio civil contemplando esa unión entre personas del mismo sexo, coloca a la República Argentina a la vanguardia de América Latina en la materia, y significa -como dijo Eduardo Galeano- un triunfo de la diversidad y una derrota de la hipocresía.

Ha sido también una derrota de los sectores ultraconservadores, de la jerarquía católica, aliada de ocasión de las iglesias evangélicas, y del clericalismo, que consiste en la intervención excesiva del clero en los temas políticos y terrenales de la sociedad civil.

Lo natural

Se habló de que la equiparación proyectada era contraria al plan de Dios y un instrumento del demonio para terminar con el matrimonio tradicional, como planteos religiosos, que desde luego, mostraban a quienes los esgrimían como fanáticos o fundamentalistas, en una sociedad que -convengamos- no se caracteriza, al menos en forma masiva, por una gran fe religiosa, salvo la devoción ocasional por algunos santos que roza la superchería y el politeísmo.

Los menos, generalmente los más ignorantes y fanatizados, sostuvieron que la homosexualidad es una enfermedad y que se puede curar, cuando la Organización Mundial de la Salud no la considera así.

Sin embargo, todos los opositores al llamado matrimonio igualitario esgrimieron insistentemente un argumento que aparece como más neutral y hasta emparentado con el sentido común. Nos referimos al orden natural o al derecho natural, es decir ciertos principios o reglas aplicables en todo tiempo y lugar, que no se discuten y que son así porque son así.

Desde luego que estos conceptos tan vagos pueden ser utilizados por cualquier ideología y justificar acciones del más diverso signo. Así se ha dicho que desde siempre existió el hombre y la mujer y que lo natural y normal es que estos se unan entre sí y tengan descendencia para perpetuar la especie humana. Es decir, la familia que siempre existió: padre, madre e hijos.

El problema es que esto no siempre ni en todo lugar fue así; hubo y hay sociedades en que se practica la poligamia, el incesto y el matriarcado, pues la mujer tiene relaciones promiscuas y la maternidad es la única certeza, mientras que la paternidad sobrevuela difusa entre los hombres de la tribu.

Homosexualidad

Pero además, la homosexualidad existió en todas las épocas y civilizaciones aunque abarcando a un grupo minoritario de la población, y muchas veces debiendo ocultarse los amantes dada la represión que podía (y puede aún hoy en algunos países) llegar a la ejecución; así lo han establecido estudios antropológicos y etnográficos.

En la antigua Grecia era visto como algo normal que un jovencito sea amante de un hombre maduro y acomodado, que además lo ayudara en su preparación intelectual.

Entonces, si algo siempre existió y en todos lados, bajo cualquier religión o régimen político, y hasta se presenta en el reino animal, ¿no es natural?. También era natural la esclavitud, hasta que dejó de serlo por razones más económicas que morales; era natural morirse por nada antes de la penicilina.

Era natural que la mujer obedeciera al hombre, que no estudiara, que no trabajara fuera del hogar, que no votara a sus gobernantes, que debiera tener la autorización de su esposo para realizar diversos actos, que no ejerciera la patria potestad de sus hijos. Y todo esto hasta ayer nomás.

El sexo como tabú

En general, las religiones, en especial en sus concepciones más ortodoxas o conservadoras, tienen serios problemas con el sexo, al que tratan como un tabú omnipresente, y paradójicamente soslayan su naturaleza y pretenden reducirlo a la función de la procreación.

Es curioso, pues la atracción sexual, el deseo y el placer que generan las relaciones íntimas entre dos personas, de uno u otro sexo, parecen de las cosas más naturales e incluso instintivas que existen, más allá de toda la carga cultural que no debe soslayarse sobre todo en la sociedad de consumo actual, en que la mujer es exhibida y utilizada como objeto de placer.

En la raíz de las enseñanzas judeo-cristianas se encuentra una clara impronta de machismo, homofobia y misoginia, como así del culto a la virginidad y a la abstinencia sexual, por más que el celibato haya sido impuesto a los sacerdotes católicos recién en el siglo IV. Para muestra basta un botón.

El génesis, al describir la aparición del humano en la tierra dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y como no es bueno que el hombre esté solo, luego creó a la mujer para que le hiciera compañía. Desde allí arranca toda esa posición de inferioridad de la mujer a quien no se le permite el ejercicio del sacerdocio, limitándola a la secundaria posición de monja, sin poder administrar los sacramentos.

Un conocido obispo argentino decía hace algún tiempo: “nosotros no tenemos ningún problema con las mujeres, al contrario; yo tengo unas monjitas que me cocinan muy rico”.

Por otro lado, los patriarcas bíblicos practicaban la poligamia y según la ley de Moisés podían repudiar a su esposa y echarla de la casa familiar. Volviendo al origen de la humanidad, a estar al relato bíblico, los descendientes de Adán y Eva debieron mantener relaciones incestuosas para mantener la especie.

Más tabúes sexuales

En el dogma católico actual todavía advertimos la carga negativa de la sexualidad con innumerables prohibiciones, que -desde luego- resultan inaceptables y casi nunca son cumplidas por los feligreses. Así, se enaltece el sacrificio y el autocontrol, se exalta la castidad y la virginidad de la mujer.

Se condena la lujuria, la fornicación y la masturbación, y hasta el uso de métodos anticonceptivos y los preservativos, lo que le ha valido al Papa actual denuncias de genocidio, en especial por su prédica en África, continente azotado por el Sida que cunde como reguero de pólvora.

Respecto a la práctica de la homosexualidad se juzga como actos intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural, y se considera que son personas llamadas a la castidad. Sin embargo, se señala que un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas, y no obstante deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza, evitando respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta (cfme. Catecismo de la Iglesia Católica, Juan Pablo II, 1992).

Cabe preguntarse a esta altura, ¿al hablar de tendencias instintivas no se está reconociendo el origen natural de esa inclinación?

Matrimonio

El matrimonio civil es un contrato y una institución fundamental de la sociedad, que debe ser alentada y protegida. Para la Iglesia Católica es un sacramento en el que interviene Dios, pero también es un contrato regido por la ley canónica.

La procreación es un fin esencial del matrimonio religioso, y el divorcio constituye una ofensa grave a la ley natural pues la unión debe ser indisoluble al haber sido bendecida por Dios. Acá tenemos una buena dosis de hipocresía pues el derecho canónico prevé causales de nulidad del matrimonio que hasta son más amplias y difusas que las causales de divorcio previstas en las legislaciones civiles.

En las sucesivas “batallas” (de la “guerra de Dios”) que libró (y perdió) la iglesia en nuestro país se esgrimieron los mismos argumentos. Cuando la Iglesia Católica tenía el monopolio de los casamientos a través de sus registros parroquiales, lo que llevaba a que si una pareja de otra religión o atea quería casarse “con papeles” debía recurrir a ella, y en el siglo XIX se instauró el matrimonio civil para acoger la diversidad de la inmigración, se sostuvo que se atentaba contra el orden natural, que significaría el fin de la familia, que se violaba la ley de Dios y que sobrevendrían resultados funestos para la sociedad.

Lo mismo se dijo al debatirse el divorcio vincular en los años cincuenta y ochenta del siglo pasado.

Paradojas

Ahora bien, si la iglesia no reconoce el matrimonio civil y lo considera un mero concubinato; entonces ¿qué objeto tiene sostener que no se puede equiparar el matrimonio entre personas del mismo sexo al del hombre y la mujer?

Por otro lado, cuando muchas parejas heterosexuales le escapan al compromiso del matrimonio y forman uniones en casas separadas o sin papeles, no deja de resultar paradójico que el colectivo homosexual, presuntamente transgresor y escandalizador, en una actitud conservadora y tradicional reclame el derecho de unirse ante la ley civil, con todos los derechos y deberes emergentes.

Nuevas familias

En cuanto al argumento de la procreación, desde luego que no resiste el análisis, pues al margen de los avances de la medicina en materia de inseminación artificial, quedarían fuera del derecho a casarse las personas heterosexuales longevas, infértiles o que no deseen tener descendencia.

Por lo demás, la tendencia lleva a que la familia tradicional sea minoritaria; hay familias encabezadas por la madre, o por el padre, o solo hermanos, padrastros, tíos o abuelos, o dos padres o dos madres.

Matrimonio o unión

Por otro lado, creemos que el nombre del instituto no es importante ni lo es bucear en el origen etimológico de la palabra matrimonio, pues sabemos que existen muchas voces que no designan ahora lo que designaron en su origen.

La expresión “unión civil”, que simulando cierto grado de tolerancia y progresismo, enarbolaban muchos de los opositores, no sin una buena dosis de hipocresía, traía consigo una disminución considerable de derechos, según los proyectos presentados, y por eso fueron rechazados de plano por la comunidad homosexual que decidió ir a todo o nada, quizá intuyendo que una derrota galvanizaría la posición y significaría un triunfo más adelante.

Debilidad del lobby opositor

Creemos que si la consagración legislativa se dio con cierta facilidad, aunque no sobraron los votos en el Senado, fue en gran medida por la torpeza del lobby opositor. Además, el voto positivo fue transversal ya que abarcó a diversos grupos políticos, oficialistas y opositores, y hasta legisladores católicos apoyaron el proyecto.

Ello, quizá, obedece a la debilidad de la iglesia que no puede siquiera disciplinar a su propia tropa por más que recurrió a movilizar a estudiantes de colegios religiosos, emulando las cuestionables prácticas de clientelismo político. Es que la carne es débil y las tentaciones hace mucho que tienen más fuerza que el temor al castigo divino.

Digámoslo con claridad: la mayoría de quienes se consideran integrantes de la Iglesia Católica no cumplen con sus preceptos, en especial en materia sexual. Las chicas y chicos se inician sexualmente a edad temprana, mantienen relaciones premaritales, usan métodos anticonceptivos, abortan, se divorcian, se juntan, se casan nuevamente. Además, evidentemente, la iglesia perdió gran parte de su predicamento y autoridad moral, conducida como está por un teólogo ultraconservador y carente de carisma, y para más seriamente sospechado de haber encubierto a religiosos pederastas.

Algunos sacerdotes, de mayor sensibilidad social, se animaron a apoyar al matrimonio igualitario, y al menos uno de ellos fue prontamente sancionado. Esto, desde luego, no debió haber caído bien en amplios sectores de la población, pues en una sociedad pluralista no es aceptable sancionar al que piensa diferente, por más que la iglesia constituya una anacrónica monarquía absoluta, rodeada de una burocracia enredada en intrigas palaciegas. Como contraste, no está de más recordar que la jerarquía argentina nada dijo ni hizo respecto a los Grassi, Von Wernich, Storni.

Recientemente, la revista italiana “Panorama” publicó una documentada investigación respecto a las aventuras de un grupo de curas en el circuito gay romano; sacerdotes que llevan una doble vida y al parecer es algo bastante extendido.

Sumado a ello, los casos de miles de curas pederastas en todo el mundo, que vienen desde hace mucho tiempo, pero que por alguna razón recientemente han tenido enorme y escandalosa difusión en la prensa, sin que se hayan tomado severas medidas y más bien se hayan encubierto y trasladado a los infractores a la ley de Dios, en algo de gravedad suma pues las víctimas suelen ser internos marginales, alumnos o seminaristas respecto a los cuales, para someterlos, se utiliza la posición dominante del sacerdote, no ayuda mucho, por la pérdida de autoridad moral, para cuestionar de alguna manera la homosexualidad, cuando se tiene y se tolera en su seno, con las agravantes ya señaladas.

Neutralidad estatal

Ahora bien, ¿por qué uno debería meterse con la iglesia y sus miserias, y no dejar en cambio que se ocupen de ello los católicos, practicantes o por tradición?. Y la respuesta podría ser: porque ellos se meten con la sociedad civil, respecto a instituciones civiles, con argumentos religiosos o seudoreligiosos.

Cabría aclarar que por más que el preámbulo de nuestra Constitución Nacional invoque a Dios y el art. 2 de la misma establezca el sostenimiento del culto católico, no se trata de la religión oficial del Estado sino -a todo evento- de una religión preferida.

Argentina no tiene un régimen teocrático ni mucho menos. Existiendo además libertad de cultos y protegiéndose la autonomía personal, resulta evidente que ésta u otra agrupación religiosa carece de poder jurídico (y afortunadamente cada vez menos de poder fáctico) para imponer sus reglas al Estado, que debe mantener su neutralidad, procurando contemplar y resguardar los derechos de todos los ciudadanos, creyentes, ateos o agnósticos, poniendo en acto una saludable separación entre lo divino y lo profano.

Libertad, derechos, comprensión

La ley no suele cambiar la realidad, es ésta la que presiona y cambia la ley para que reconozca situaciones. Generalmente, los derechos no se consiguen graciosamente, hace falta luchar incansablemente por ellos.

No se trata de religión, ni de moral y buenas costumbres, no se trata de guerra de Dios, ni de instrumentos demoníacos; se trata de reconocer jurídicamente situaciones reales que afectan a personas de carne y hueso, iguales a nosotros aunque sea otra su preferencia sexual. Se trata de igualdad de derechos, de tolerancia con los diferentes y con las minorías.

Se trata de reconocer, desde el Estado -que debe ser neutral y no puede ni debe imponer formas de vida- la existencia de otros modelos de pareja y de familia; de que la tradición se cumple en tanto haya consenso social para mantenerla, las sociedades cambian y evolucionan como lo hacen las personas a lo largo de su vida.

Se trata, en definitiva, de libertad, sin dañar a terceros, de ampliación de derechos y de comprensión humana de la diversidad.

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