Con casi cinco décadas registrando la vida de Bahía Blanca a través de su lente, el fotógrafo Gustavo Pirola visitó El Ágora 2025 tras ser galardonado con la medalla de oro en los Juegos Bonaerenses.
En una charla íntima con Juani Guarino, el reconocido fotógrafo repasó sus inicios en un laboratorio casero, su consolidación como un referente de la fotografía local y su visión sobre la tecnología, la política y el arte, defendiendo apasionadamente la fotografía como un acto de contacto humano y las políticas públicas que fomentan el encuentro y la creatividad.
Un laboratorio en casa y una paloma en el lente
La historia de (los) Pirola con la fotografía comenzó en su adolescencia, casi por casualidad:
“Mi hermano Sergio armó el laboratorio, se fue a la colimba y yo le gasté todos los papeles, todos los químicos, le usé la cámara”, recordó entre risas.
Sus primeras fotos, un gato y una paloma, marcaron el inicio de una vocación que se profesionalizó rápidamente. Cuando su hermano adquirió la casa de fotografía “Black and White” (que pasó a llamarse Foto Aries y hoy funciona en 11 de Abril 586), Gustavo pasó de revelar unas pocas fotos en casa a procesar “treinta, cuarenta rollos por día, todo manual”.
Su formación artística se consolidó en el Fotoclub, un espacio que, aunque en sus inicios era “muy duro” y “nadie te soltaba secretitos”, fue fundamental. Allí admiró el trabajo de referentes locales como Omar Morán y el “Turco” Salomón.
Mencionó especialmente a Jorge Matenela, quien hacía “el Photoshop con un pincel”, retocando negativos de forma artesanal. “Pasabas a los tres días y el árbol no estaba más”, contó maravillado, evocando una era donde la magia de la imagen se construía a mano.
Del fotoclub a la calle
Aunque su carrera comercial se centraba en eventos sociales, su pasión viró hacia lo instantáneo y espontáneo. El punto de inflexión fue ganar un premio Cóndor con su icónica foto “Pequeño Valiente” y su trabajo cubriendo la Liga Nacional para el club Pacífico.
“Ahí me empieza a gustar todo lo que sea instantáneo”, afirmó. Inspirado por las muestras de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), confesó ser “un fotoperiodista frustrado” porque nunca dio el salto a Buenos Aires.
Esa veta periodística se volcó hacia el registro de la realidad política y social. “Tengo una serie que se llama ‘Marchas y contramarchas’, y esa la voy alimentando y hasta el día que me muera, porque es un país que no para de marchar y de contramarchar”, explicó, definiendo un proyecto artístico que es, a la vez, una crónica interminable de la historia argentina y bahiense.
Hoy, ve con preocupación cómo el oficio vuelve a ser peligroso. “Ha vuelto en democracia una violencia inusitada”, reflexionó, reconociendo que el fotoperiodismo se ha convertido nuevamente en una “profesión de riesgo” bajo un gobierno al que “le molesta” la realidad que la fotografía desnuda.
La IA no reemplaza el contacto: una defensa de la fotografía como hecho humano
Consultado sobre la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la fotografía, Pirola fue tajante. “No me gusta“, afirmó, marcando una clara diferencia con la transición de la fotografía analógica a la digital, la cual vivió sin traumas. Para él, el problema de la IA es que elimina el componente esencial de su arte: la interacción humana.
“A mí lo que me enriquece es el contacto. Decirle al tipo ‘che, hola, cómo va’, la interacción con el modelo, con el momento, es lo que me nutre a mí y lo que me da adrenalina cuando salgo a hacer fotos. Es lo que yo siento”.
“Yo quiero agarrar una cámara y caminar”, sentenció, defendiendo la fotografía como una experiencia física y sensorial.
Entre la pérdida personal y el rescate de la memoria colectiva
La entrevista tomó un tono profundamente emotivo al abordar la inundación del 7 de marzo, una tragedia que lo golpeó en múltiples frentes por la pérdida de su compañera de vida.
“Perdí a mi señora el día anterior. No pudimos velarla por la inundación. Me inundé en casa, me inundé en el local”, relató.
En medio de su propio duelo, junto a su empleada, tomó una decisión solidaria: ofrecerse a escanear gratuitamente las fotos mojadas de los vecinos para “congelar ese proceso de deterioro”.
Fueron meses de trabajo intenso y doloroso. “Había gente que se largaba a llorar, que había perdido absolutamente todo”, contó, describiendo la llegada de álbumes con el agua todavía adentro.
La catástrofe también se llevó parte de su propio archivo, incluyendo la mitad de su emblemática serie “Crónica de Bares”. La experiencia lo dejó con una reflexión amarga:
“Conocimos lo peor de la inundación: la pérdida de vidas humanas y la pérdida de la historia de una familia”.
Los Juegos Bonaerenses y la medalla de oro
Su reciente participación en los Juegos Bonaerenses, donde obtuvo la medalla de oro en la categoría fotografía adultos mayores, fue una experiencia que lo revitalizó, ya que más allá del premio, destacó el valor de la política pública.
“Lo que más me impactó fueron los pibes entretenidos, haciendo algo distinto, mostrándole algo más que un celular”, expresó. La vivencia de compartir el viaje con delegaciones de cultura, deporte y personas con discapacidad lo conmovió profundamente.
“Nunca había vivido yo” esa energía, confesó, describiendo un ambiente de alegría y camaradería que contrastó con el “fiasco” de otros eventos nacionales desfinanciados. “Fuimos treinta mil, inundamos Mar del Plata”, celebró, reivindicando el poder del encuentro y la inversión estatal en la comunidad.
En ese marco, destacó la actitud del gobernador Axel Kicillof.
“Lo que hizo Axel en Los Bonaerenses tuvo perfil bajo, pero al costado del escenario estuvo media hora agarrando celulares de la gente, sacándose con la gente fotos. Media hora dedicándole tiempo” relató.
Para Pirola, ese gesto de cercanía fue algo para “sacarse el sombrero”.