La gestión gubernamental libertaria trasciende la mera aplicación de un programa de ajuste: la característica distintiva que marca su estilo es la de gobernar a través del dolor. Este mecanismo opera mediante la transformación del padecimiento social en resentimiento y goce ante el castigo hacia determinados grupos sociales, como así también la difusión de una ética auto-sacrificial ante el propio sufrimiento. En esta economía de los afectos se localiza una de las dimensiones más complejas de la construcción de poder de Javier Milei.
En la fase fundacional de este gobierno, la crueldad se exhibía como un vector explícito de su identidad política. En la coyuntura actual, en la que dicha lógica comienza a registrar signos de desgaste e incluso a generar externalidades negativas para el propio oficialismo, resulta pertinente retomar un interrogante fundamental de la política contemporánea: ¿cuál es la estructura emocional que este gobierno logra articular y movilizar?
La transformación del dolor: sacrificio y crueldad
Al respecto, el Doctor en filosofía Luis Ignacio García examina este fenómeno en su obra reciente, Fascismo cosplay. A través de un conjunto de anotaciones analíticas sobre lo que denomina las “crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino”, el autor dedica un apartado de especial relevancia para comprender esta dinámica contemporánea: “El dolor”.
Su hipótesis plantea que la administración de Milei no basa su gobernabilidad exclusivamente en la implementación de reformas estructurales o en la promesa de restablecer el orden público. Su sustentabilidad radica en la instrumentalización política del dolor. Se trata de procesar un padecimiento social real, preexistente, acumulado durante muchos años en nuestro país y potenciado de forma extraordinaria por la experiencia colectiva de la pandemia. Milei echa combustible a la expresión de ese sufrimiento, generando una reacción desinhibida que es vivida como una auténtica liberación, aun cuando las verdaderas causas del dolor se mantengan intactas. De este modo, en lugar de elaborar institucionalmente el malestar, el oficialismo lo transmuta en resentimiento y lo administra bajo la forma de la crueldad estatal.
En este punto se evidencia una asimetría metodológica sustancial respecto de la visión del progresismo. Mientras que las fuerzas progresistas suelen diagnosticar con precisión los determinantes estructurales del descontento, se auto-inhiben al momento de darle expresión política a la indignación social por temor a legitimar discursos de odio. Por el contrario, las nuevas derechas radicales han comprendido la eficacia de codificar ese dolor y dotarlo de una dirección estratégica. Esta operación se ejecuta mediante dos mecanismos complementarios: de manera interna, resignificando el sufrimiento individual bajo la categoría de auto-sacrificio en pos de una futura prosperidad; y de manera externa, abordando el sufrimiento del otro a través de una política de la crueldad, que habilita el disfrute del dolor ajeno. Así, el binomio sacrificio-crueldad constituye las dos caras de un mismo dispositivo de legitimación.
Recomiendo esta lectura para todos aquellos que quieran tener un acercamiento conceptual sobre la actual etapa política que se encuentra atravesando nuestro país.
La legitimación del castigo
No obstante, para que la crueldad adquiera eficacia política, se requiere la validación de una percepción de justicia. El sujeto objeto de sanción no solo debe sufrir, sino que dicho sufrimiento debe ser de naturaleza merecida. Consecuentemente, el oficialismo requiere la construcción sistemática de chivos expiatorios sobre los cuales proyectar el resentimiento colectivo: agentes de la administración pública, beneficiarios de moratorias previsionales, sectores vulnerables o habitantes de áreas suburbanas, todos ellos presentados como usufructuarios espurios de un sistema asistencialista y/o de privilegios sostenido por el esfuerzo de los “ciudadanos de bien”. El contexto pandémico representó un hito histórico de carácter decisivo en la cristalización de esta polarización, profundizando la dicotomía de un país fracturado entre un sector productivo y otro subsidiado.
Este dispositivo no se restringe a la narrativa del gobierno, sino que circula marcadamente en el ecosistema de las redes sociales. Un indicador de este fenómeno es la viralización de vídeos vinculados a presuntos actos de “justicia por mano propia”. Al analizar las interacciones y la sección de comentarios de estas publicaciones, se encuentran expresiones de gratificación ante el linchamiento exhibido. Con frecuencia, el registro del hecho delictivo en sí no figura en el contenido audiovisual, sino tan solo el linchamiento del presunto delincuente. Más allá de la ponderación personal que tenga sobre dicha reacción, la relevancia sociológica de este fenómeno radica en su dimensión representacional: el presenciar el castigo físico sobre un eventual malhechor opera como un mecanismo de descarga simbólica. En esa violencia se deposita una frustración colectiva que carece de procesamiento institucional o de un horizonte viable de canalización política.
El sesgo de género en la empatía
Asimismo, el disfrute del castigo al injusto tiene un pequeño sesgo de género. Este elemento podría aportar a entender una parte de la marcada masculinización del apoyo a este gobierno. En 2006, una investigación liderada por la neurocientífica Tania Singer demostró que la observación del dolor ajeno activa comúnmente redes neuronales asociadas a la empatía, similares a las del dolor propio. En base a ese parámetro, se analizó la respuesta empática en hombres y mujeres que presenciaron a un grupo de voluntarios-jugadores que recibían descargas eléctricas.
Cuando el castigo caía sobre un jugador que venía respetando las reglas, tanto hombres como mujeres registraban una respuesta empática alta. Sin embargo, este patrón se alteraba sustancialmente cuando quien recibía las descargas era un jugador que había transgredido las normas. Mientras que los perfiles femeninos analizados mantuvieron una respuesta empática (aunque atenuada), en los perfiles masculinos la empatía se redujo drásticamente, registrándose una activación del núcleo accumbens, una estructura del cerebro relacionada al circuito de recompensa y el placer. Mientras las mujeres seguían sintiendo empatía, los hombres sentían cierto goce ante la percepción del castigo como un hecho justo.
Lejos de representar un determinismo biológico ineludible, la referencia a esta respuesta neurológica busca ser tan solo una provocación para repensar como una susceptibilidad latente puede ser explotada por el ecosistema digital y los marcos discursivos del oficialismo.
La pérdida de eficacia y el riesgo para el gobierno
Este marco analítico permite descifrar la complejidad del escenario político contemporáneo. La retórica presidencial no se limita a prometer reformas de eficiencia de mercado o desregulación; propone, fundamentalmente, una redefinición del concepto de justicia basada en la imposición del dolor sobre los actores convertidos en chivos expiatorios. Este mecanismo constituye la médula misma de su estrategia de acumulación de poder. Argentina asiste así a una experiencia inédita en su ciclo democrático: la consolidación de una fuerza política cuya base de sustentación halla en la administración del padecimiento un pilar central de su legitimidad de ejercicio.
Sin embargo, en la medida en que la promesa de desarticular supuestos privilegios pierde su eficacia, la base de apoyo tiende a resentirse. Gran parte de la adhesión original se estructuró sobre una demanda visceral de ver penalizados a los presuntos responsables de la decadencia nacional. Si la puesta en escena del castigo pierde verosimilitud, se debilita uno de los flujos afectivos que garantizan la gobernabilidad del proyecto libertario.
