El Mundo Extraño

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Escribo estas líneas compartiendo las mismas emociones que sin duda sentirán muchos compatriotas al momento de leerlas. El resultado de este domingo fue un shock de realidad ante una expectativa altamente positiva que se venía gestando hacia el interior del peronismo.

También se confirmó lo que muchos, que creemos que el proceso político actual tiene una configuración estructural más compleja que el simple resultado de una elección, veníamos callando en nuestras cabezas atravesados también por el clima de optimismo general.

En cuestión de horas, las voces que afirmaban que este era un gobierno terminado pasaron a un preocupado silencio. Fue un completo ciclón que dejó al descubierto la distancia que existe hoy entre el microclima político y la población, que impide a amplios sectores de la dirigencia tener un termómetro real del proceso profundo y sistémico que atraviesa la sociedad.

Hace tiempo que el lenguaje de los dirigentes, como así también de la política toda, se distanció marcadamente del lenguaje de la sociedad. Enmarañados en los propios debates que se dan en los canales de televisión y en los títulos de los medios, mientras la mayoría de la población llega a su casa y consume contenidos seleccionados por un algoritmo hipersegmentado, que muchas veces ni siquiera roza la temática política.

Estas elecciones fueron la demostración de que el fenómeno Milei trasciende las barreras de la discusión política. Mientras la agenda pública ponía la centralidad en el vínculo concreto y tangible del principal candidato del gobierno con un narcotraficante, algo siguió ocurriendo de forma invisible para quienes leen los portales de noticias todas las mañanas.

Es que la potencia de Milei no proviene de ser un fenómeno político, sino un fenómeno cultural. Y eso le permite desarrollar una capilaridad transversal a todos los sectores sociales y etarios, que aún persiste a pesar de que hayamos creído lo contrario. Las discusiones que rondan sobre la estrategia electoral y la elección de los candidatos del peronismo no dan cuenta del proceso que se está produciendo en las catacumbas de la sociedad.

El espacio peronista y todos sus agregados se enfrenta a un desafío muy complejo: recomponer su lazo con sectores que no solo lo miran con desconfianza sino que viven un día a día que no está representado siquiera en su lenguaje.

Las reivindicaciones de “Justicia Social”, de los “derechos adquiridos” o del “Estado presente” cada día parecen más abstractas para las mayorías. Y esto no es porque estén en contra de esos principios rectores, sino porque hoy son una cáscara vacía de contenido.

Parece que nos olvidamos que muchos jóvenes construyeron su relación con el Estado y la autoridad durante la pandemia. Mientras se hablaba de que “el Estado te salva”, muchos de ellos vieron interrumpida su vida y perjudicada su economía por la cuarentena.

Para un sector importante de la juventud, la relación que mantenían en su cotidianidad con el Estado era la restricción de poder salir de sus casas y la persecución de las fiestas clandestinas, mientras una élite se divertía. Algunos de ellos se vieron impedidos de trabajar y tampoco pudieron acceder al ingreso de emergencia. Para ellos, el Estado fue y es un problema.

Eso explica también el apoyo que aún mantiene el gobierno en amplios sectores del trabajo informal y por cuenta propia. Hoy algunos de ellos se ven resentidos por la recesión pero no quieren volver “a lo anterior”. Lo anterior es, para ellos, la experiencia de la cuarentena y la inflación. El peronismo, para una generación de jóvenes, es el gobierno de Alberto Fernández.

Escribo también como parte de esta generación que sangra, mientras veo cada vez más personas cercanas caer en la ludopatía, la adicción a las drogas y los trastornos de salud mental. En un mundo que nos muestra todo y nos da cada vez menos, no sorprende que muchos se hayan volcado al abstencionismo, pensando que el sistema político no les brinda una perspectiva de futuro.

Y ahora, con todos estos tipos afilándose los dientes, les advertiremos sobre los peligros de la reforma laboral en puerta. Intentaremos avivarlos de que establecerá jornadas inhumanas de 12 horas y quitará la indemnización por despido. Sorpresivo será el momento en que nos demos cuenta que esa ya es la realidad para una parte cada vez más grande de compatriotas y que, además, muchos ya no están dispuestos a escucharnos.

Su campaña no es de ahora, comenzó hace décadas. Y está dando cada vez más sólidos resultados. Aún estamos a tiempo, pero debemos actuar por fuera de los márgenes que supimos conocer.

Bienvenidos al mundo extraño.

 

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