Adorni logró que se hablara más de él que del paseo de Milei en el portaviones de EEUU que navega por el país

Violencia o victimización, esas son las dos respuestas del gobierno frente a las preguntas que incomodan y que conforman el guion al que se plegaron Manuel Adorni y Javier Milei en el Congreso. El show que armaron logró esconder la incógnita más alarmante: ¿Por qué el país se llenó de tropas estadounidenses?

Este miércoles Manuel Adorni presentó su primer informe de gestión ante el Congreso desde que es Jefe de Gabinete, cargo al que fue designado por Javier Milei en noviembre de 2025, luego de haberse impuesto en las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires. En aquel momento aseguró que no era un candidato testimonial y que pensaba asumir su banca. No fue la única vez que no dijo toda la verdad.

Adorni llegó al Congreso cargando un escándalo patrimonial que generó expectativas sobre las respuestas que daría ante los legisladores. La mecánica es conocida: el Jefe de Gabinete expone, los diputados preguntan y el funcionario debe responder. Pero la jornada terminó siendo decepcionante para quienes esperaban tensión o revelaciones. Adorni llegó con su guion, repitió los lugares comunes del oficialismo y se fue. Sin una sola respuesta concreta sobre su situación.

Su estrategia fue una combinación de evasión y solemnidad sobreactuada. Dijo que sus viajes no fueron pagados por terceros, pero no explicó cómo hizo para pagarlos él. Acusó al diputado Rodolfo Tahilade de “espionaje ilegal” por revelar que su esposa tiene custodia oficial y, ante la pregunta de qué justificaba ese despliegue de seguridad, respondió: “Esa insinuación está peligrosamente cerca de ser una amenaza a la integridad física de mi esposa”. Una declaración diseñada para correr el eje del debate.

Lo ayudó Martín Menem, presidente de la Cámara, que le cortó el micrófono tres veces al diputado Pablo Juliano argumentando cuestiones de protocolo, diciéndole que “esto no es una cancha de fútbol” cuando no trató al funcionario de “usted”. Adorni sumó: “Esto no es un juicio público hacia mi persona“. Pero ¿no son los escándalos de corrupción parte de lo que hace a la gestión de un gobierno?

Cuando la pregunta parece una amenaza

El que sí pareció creer que estaba en una cancha de fútbol fue Javier Milei. Asistió al Congreso junto a su hermana Karina y buena parte del gabinete en un despliegue inusual para un informe de gestión. Al llegar se encontró con algo a lo que claramente se ha desacostumbrado en Casa Rosada —donde la sala de prensa permanece cerrada desde hace más de una semana— : periodistas acreditados haciendo preguntas.

Su respuesta al ser consultado por la continuidad de Adorni y los escándalos de corrupción fue tan escueta como violenta: “Corruptos son ustedes”.

Ya desde el palco, le tiró besos a los militantes libertarios y les gritó a los diputados. A Myriam Bregman, que le recriminó su apoyo al genocidio en Gaza, le respondió: “Ustedes son asesinos”. Al peronista Aldo Leiva, que pedía explicaciones por la causa $LIBRA, le gritó: “No te da la cabeza”. Al salir, les dijo a los periodistas que le preguntaron si las explicaciones de Adorni eran suficientes: “Es suficiente. ¡Chorros!”.

Se trata de un gobierno extremadamente reticente a salir de sus zonas de confort. Y cada vez que lo hace, apuesta a la victimización —como Adorni— o directamente a los insultos —como Milei—. Vale la pena detenerse en esto no solo en términos democráticos, sino también intelectuales, especialmente tratándose de alguien que gusta revestir su bajada de línea ideológica con un disfraz de academicismo.

Esta semana, Milei encabezó una charla contra John Maynard Keynes en el ex Centro Cultural Kirchner, rebautizado como Palacio Libertad por él mismo. Como en sus eventos habituales, el registro académico duró poco: terminó hablando en tono moralizante sobre inmigración, ambientalismo y aborto en Europa. La novedad fue que un asistente le reclamó por la inflación. La reacción del presidente fue repetir, incómodo: “No es el momento ni el lugar”.

Esa frase resume una forma de relacionarse con el conocimiento y con la política. Tratar la pregunta como una hostilidad en lugar de usarla como herramienta para explicar una posición o replantear la propia es una de las mayores muestras de fragilidad intelectual. Quien se enoja ante las preguntas lo hace porque teme que derrumben el castillo de naipes que construyó.

Tropas estadounidenses en suelo argentino

Una pregunta que merece hacerse: ¿por qué el país se llenó de tropas estadounidenses? En los últimos días trascendió que el comandante de las fuerzas especiales de Estados Unidos, el contraalmirante Mark A. Schafer, visitó Puerto Belgrano en el marco del ejercicio “Daga Atlántica”, habilitado por Milei mediante el Decreto 264/2026, sin pasar por el Congreso.

Las operaciones durarán cuatro semanas e incluyen entrenamientos en combate urbano, combate en localidades, sanidad en combate y comunicaciones. El “combate urbano” merece especial atención: implica despliegue de tropas en zonas donde hay civiles. ¿Por qué esto es uno de los intereses del gobierno?

El mismo decreto autorizó el ejercicio “PASSEX 2026”, que habilitó el ingreso del portaviones USS Nimitz y el destructor USS Gridley al Atlántico Sur. Este jueves Milei viajó desde Aeroparque para aterrizar en el portaviones, acompañado por el embajador estadounidense Peter Lamelas, quien declaró: “Nuestros países son más fuertes cuando trabajamos juntos”.

No es la primera vez que el libertario acomoda la agenda a lo que propone la embajada estadounidense. En abril de 2024, Milei hizo una visita relámpago a Tierra del Fuego para reunirse con la entonces jefa del Comando Sur, Laura Richardson.

En esa ocasión dijo que “el mejor recurso para defender nuestra soberanía es reforzar nuestra alianza estratégica con los Estados Unidos”. En agosto de 2025 recibió al nuevo jefe del cuerpo, Alvin Holsey, quien en tres días recorrió despachos en Presidencia y el Ministerio de Defensa para ultimar los detalles de un despliegue de cuatro mil infantes de marina en costas sudamericanas.

A esto se suman los viajes reiterados de Milei a Estados Unidos para participar de actividades organizadas por Trump y el giro de las votaciones argentinas en la ONU, que ahora acompañan al país del norte junto con dos o tres aliados más.

El problema no es la alianza en sí misma: el problema es que, hasta ahora, ese alineamiento no tuvo ninguna contrapartida que beneficie de forma tangible a la Argentina. Las promesas de inversiones no se materializaron. El supuesto interés de Trump por dejar de respaldar a Inglaterra en la cuestión Malvinas nunca se materializó y el supuesto informe filtrado en el que se hablaba de ello parecía más bien un apriete a los británicos que un gesto hacia Buenos Aires.

Pero el principal problema es que cada una de estas decisiones mueve la frontera política del país hacia adentro. Podemos tener fronteras geográficas, símbolos patrios y un gobierno electo democráticamente, pero ¿qué valor tienen cuando quien gobierna actúa como representante de intereses extranjeros y erosiona gradualmente la independencia política del país?

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