Eyectado del oficio a finales del 2019 y tras experimentar el desempleo (que es eso que está ahí cerquita de la precarización laboral que ya había bebido de primera mano durante 20 años en el ejercicio del periodismo) durante un eterno puñado de meses, hice lo que muches: tramité mi carnet de conducir profesional y me subí al primer remis que se me cruzó por el camino para desde ahí meterle 12 horitas por día. Tranqui.
Es claro que en la vida no se hace siempre lo que se quiere, lo que se sueña o lo que mas o menos gusta pero de cada experiencia se pueden sacar cosas en limpio y, normalmente, según entiendo, sucede que al quedar uno por momentos a la deriva, chocando de cabeza con el fondo de la lata, mucho de lo vivido, pensado, creído, se pone en perspectiva.
Repitiendo la fórmula habitual, pensaba encabezar esta nota con la remanida frase “con perdón por la autorreferencia” pero no. Esta vez no porque finalmente en primera persona escribo con la pretensión De compartir con ustedes una cierta mirada de las cosas ante las elecciones PASO del próximo domingo.
Contraste
Recuerdo la secuencia de esa mañana, la tonalidad de la luz y hasta el aroma del aire. La pantalla de la computadora del maltrecho Renault que conduzco cada día indicaba que el viaje estaba pedido desde una casa del pudiente barrio Palihue. Una mujer joven con expresión de cansancio indicó que el destino era la calle Blandengues allá arriba, donde proliferan los baches, el desprecio municipal sintetizado en esmerado abandono. En un viaje de 10 minutos, en una mañana sin tránsito intenso, el feroz contraste entre una Bahía Blanca ampulosa y con el césped (no pasto) prolijamente cortado y otra tapada por la mugre, desatendida, olvidada y prestadora de servicios a aquella otra.
Otra mas. La hago breve. Muchacho de poco mas de 20, nublada mañana de sábado, desde el centro olvidado del barrio Miramar hasta Patagonia Norte a aportar su fuerza de trabajo, es decir, su cuerpo, para la construcción de una casa fabulosa que nunca va a ser de el.
Y mas allá, y mas acá y por todas partes desperdigados los ranchitos de chapa, tela y cartón. Sin calles delimitadas, sin servicios, sin nada pero que reine la calma: Alsina quedó buenísima. La Belgrano angostada será un deleite al igual que la Falucho del combustible filtrado o la entrada del Parque de Mayo o el híper-mega-remodelado Parque Independencia o los carteles con las grandes caras de Bullrich y Moirano y así por el estilo.
De paso, inolvidable el funcionario de Gay que se queja de una flamante vereda rota por una obra de fundamental importancia de ABSA para proveer ese líquido transparente tan necesario: agua.
No es nada novedoso lo que estoy poniendo en palabras. Se supo, se sabe y se sabrá porque difícilmente, si no cambia radicalmente la matriz económica productiva de Bahía Blanca, por mucho petróleo y/o gas que llegue de Vaca Muerta, la situación social de la ciudad se modifique. Y esto ya pasó con las grandes inversiones en el puerto y el polo petroquímico.
La de Bahía es una realidad que no corre por fuera de un escenario mucho mas amplio, que es el de la realidad nacional, con un porcentaje de pobreza doloroso y vergonzante mas allá del avance en la generación de empleo formal registrado. El gobierno de Alberto Fernández logró con insólito empeño lo que parecía imposible para un gobierno peronista: alto nivel de empleo con trabajadores pobres.
Un dato que habla de la injusticia estructural de todo el sistema (capitalista en su versión neoliberal) es, además de la pobreza medida en función del nivel de ingresos, la falta de acceso a la vivienda. Nuestra ciudad tiene un déficit aproximado de 12 mil unidades habitacionales, de casas, mientras que los alquileres, al igual que en el resto del país, se vienen duplicando en costo cada año. Entonces, el combo es: pobreza por nivel de ingresos y falta de acceso a la vivienda. Y hay que escuchar cada tanto que de la boca de mucha gente se caigan sentencias del tipo “usurpan porque son vagos y no quieren trabajar. Quieren todo gratis”.
En síntesis, la cosa está mal, y el descontento social es evidente, fogoneado además de manera constante por las corporaciones mediáticas que apuestan siempre un pleno por la llegada de otro gobierno de derecha, neoliberal y represor, que garantice la continuidad y profundización del status quo y la concentración de la riqueza con un fuerte componente, cada vez mas pronunciado, de extranjerización de la economía con un ancla bien pesada, que es el acuerdo de Macri con el FMI que somete al país al arbitrio de la especulación financiera y la transferencia de riqueza hacia afuera mediante el achicamiento del Estado y el ajuste a la población para garantizar no el pago de la deuda, sino el sometimiento a fuerzas que nada tienen que ver con las aspiraciones de una nación.
Tal vez la presente nota sea un ejercicio de asociación libre. O no, porque lo macro tiene que ver con lo micro. Lo macro, cuando de imposiciones se trata, determina furiosamente lo micro.
La deriva neoliberal ha hecho del mundo un lugar difícil de habitar. Divide y triunfarás dice el dicho. El triunfo fundamental del neoliberalismo, antes que económico, es cultural. El individualismo, el sálvese quien pueda y fundamentalmente el odio hacia les otres son condiciones necesarias para la proliferación de ese cáncer global que es el neoliberalismo. Entonces, la culpa de que todo esté mal no es del opresor, es del oprimido que es el pibe chorro, el negro, el sindicalista, el que lucha. Y los medios, siempre los medios. Ya lo dijo Malcolm X: si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido.
Es que los medios, en realidad corporaciones económicas con innumerables tentáculos extendidos por todas las ramas de la actividad económica, so pretexto de la libertad de prensa, de la libertad de expresión, no hacen otra cosa que operar en la conciencia colectiva para legitimar y naturalizar el ejercicio desbocado de sus propios intereses.
Acá es donde aparece con potencia la necesidad (que es un derecho) de la existencia misma del Estado. De un estado que disponga su andamiaje en defensa de los desposeídos, de los excluidos, de los que la miran pasar. No es novedad para nadie que la misma noción de Estado, y aún de Estado nación está jaqueada por la expansión de ese neoliberalismo constituido por capitales especulativos transnacionalizados que pulsan cada segundo por la destrucción de los estados, su institucionalidad, y las instancias de defensa de los derechos ciudadanos, sean sindicatos, asociaciones civiles, clubes, sociedades de fomento o cualquier otra instancia formal o no de encuentro, de construcción colectiva de ciudadanía. Entonces, no somos ciudadanos y nos cabe la boludizante categoría de “vecino” o, peor aún, de “consumidor”.
Billetera mata ciudadanía
Los valores que a punta de pistola y maquinaria cultural impone el sistema se sintetizan con facilidad: para ser, hay que tener. Para tener, hay que hacer mérito y el mérito es individual. Me salvo yo y si alguno se interpone (el otro distinto, sea quien sea), que pague las consecuencias.
Sin embargo la propia naturaleza humana es acaso el único antídoto. Somos seres sociales y congregarnos es un impulso vital, incluso para reivindicar ideas que atenten contra esa constitución. Ejemplo: el individualismo a ultranza reivindicado por el precandidato Milei que, al parecer, debe ejercerse en un marco de irrestricta libertad de mercado, encontró hace una semana a miles de bahienses en un específico punto del espacio. Miles, en conjunto, defendiendo el sálvese quien pueda. Es un oxímoron, si, pero es su condición de tal late la necesidad de ser mucho mas que uno mismo flotando en la meritocracia.
No es por la derecha neoliberal la salida. Lo que antes era omisión hoy es promesa: habrá, si llegan en cualquiera de sus expresiones al gobierno ajuste, palo y bala. Chau convenios colectivos, sindicatos, jubilaciones, derechos de cualquier índole y como fondo, lo que en realidad quieren, que es la entrega de los recursos naturales (litio, gas, petróleo, agua).
El campo nacional y popular hoy se ve deficientemente representado e inmerso en un debate peligrosamente simplificado por algunos actores al plantear que la disconformidad y la desilusión son funcionales a la derecha. A lo mejor, por un lado, esos actores debieran parar las orejas para escuchar la verdadera naturaleza de esa sensación que corrió como reguero de pólvora al momento de definirse las candidaturas y por otro lado, debieran evitar subestimar al sector descontento, que no por descontento es suicida, como planteó en una nota de ayer en Página 12 el periodista Luis Bruschtein.
Tal vez se está exigiendo demasiado de las bases. Las urgencias de hoy son las de siempre, pero profundizadas. La demanda es por una épica que ponga al pueblo como sujeto central de la política y que no lo deje a un costado como espectador de un proceso de toma de decisiones que hace tiempo parece estar desconectado de la realidad.
Casa, trabajo, salud, educación y oportunidades es lo que se reclama. El Estado hoy no garantiza el ejercicio de esos derechos y eso es indicativo de una sola cosa: no se necesita menos, se necesita mas Estado. Mas políticas de inclusión e igualación. Mas cultura, sentido de pertenencia y construcción ciudadana.
El gobierno de Alberto Fernández con su sinuoso posibilismo (o imposibilismo) dilapidó una oportunidad histórica. Unidos por la Patria debe entender eso y no solo declamarlo. El fantasma de la derecha neoliberal, que citando a Gieco, es un monstruo grande y pisa fuerte está ahí, ya se sabe. Ahora, es imprescindible construir una épica en la que lo realista, sea concretar lo imposible, para que la piba que limpia en Palihue tenga mejores oportunidades, para que el pibe que pega ladrillos en Patagonia Norte pueda darle a su familia una casa digna, para que el sobreviviente de cada día pueda ejercer su dignidad inherente sin que le peguen todos los días y le escupan en la cara que la culpa, es suya.
Y por favor, libertad a Milagro.